domingo 15 de noviembre de 2009
CUATRO COSAS Y UN CLIP
Una servilleta: la del bar de Isaías. Arrugada y desgastada en las esquinas.
Un llavero: souvenir de su última estancia en Tenerife. Folclórico y en desuso.
El tapón de un bolígrafo Bic: antigua guarida de chuletas varias.
La esfera de un reloj de propaganda: parado en la hora en que el mundo se redujo al bolsillo de su chaqueta.
Y un clip.
Tenía cuatro años cuando Isaías intentó robarle el triciclo el día de su cumpleaños. Cuatro años y algunos minutos más cuando su madre le curó las heridas que la pelea entre ambos había ocasionado en sus rodillas al rozar el suelo de gravilla del parque. Desde aquel momento, claro está, no volvieron a separarse. La unión hace la fuerza y en su choque comprobaron que sus fuerzas estaban tan al apar que más valía unirse.
Melinda fue otro cantar. No hubo peleas, no al menos de las que se curan con Betadine y “sana,sana”. Melinda eran un par de ojos negros tinerfeños imposibles de despegar de ese sitio donde las obsesiones acaban convirtiéndose en recuerdos imborrables. Melinda era un verano tras otro junto al mar. Se hicieron expertos en besos y hasta los clasificaron en diferentes categorías y modalidades. Competían por ver quién lograba el más excitante, el más original, el más extravagante y todos los adjetivos que puedan surgir en tres meses de estancia en las islas.
En la Universidad encontró muy útil reducir sus conocimientos a un trocito de papel minúsculo y junto a Nora, ideó un sistema casi perfecto de copia clandestina que les proporcionó importantes ganancias. Ingresos fundamentales para fines tan imprescindibles como charlas cafeteras, películas de cine mudo en sesión doble y medidas anticonceptivas para disfrutar repetidamente de placeres en aquel entonces prohibidos.
Desde entonces hasta ahora habían pasado ya 74 años. Más de siete décadas ajenas y extrañas.
Desde entonces hasta ahora sólo había añadido un clip al tesoro enterrado en su bolsillo.
Tenía 94 años, 4 hijos y 11 nietos.
Y un clip.
Dio tres pasos eternos hasta la barandilla del puente de hierro forjado que separaba su cuerpo del río inmundo y gris que envenenaba la ciudad. Durante 74 años había visto cómo aquel río se oscurecía a su paso bajo el puente en el que a diario se detenía cinco minutos después de comprar el periódico. Se metía la mano en el bolsillo, acariciaba sus recuerdos y sacaba el reloj que le recordaba la hora de partir. A las cuatro de la tarde, las campanas de la Iglesia se convertían en el último aviso para los pasajeros del tren rumbo a Francia, el exilio. Veía a Nora, su reflejo, cada día que pasaba menos claro en un río que moría un poco cada día.
Arrojó su mundo al río. A las cuatro de la tarde vio la esfera del reloj ahogarse en los sonidos del campanario, la servilleta de Isaías deshacerse en un gris difuminado y el tapón de bolígrafo bic perderse con la corriente.
Se guardó el clip en el bolsillo. Sabía que allí adonde iba encontraría seguro las cartas perdidas en el exilio que había estado esperando recopilar en aquel clip durante 74 años. Ahora las leería todas y después se las guardaría en el bolsillo.
viernes 13 de noviembre de 2009
Aire puro
domingo 8 de noviembre de 2009
Caída en bici
¿Qué ocurre mientras te estás cayendo?
Vas escuchando tu música preferida con tus mejores cascos. Notas la velocidad del viento en tu rostro y nada te preocupa. Hasta que tomas una pequeña cuesta a gran velocidad y giras ligeramente hacia la izquierda. Es un día frío, lluvioso y el suelo está mojado, pero tú, confías plenamente en tus nuevas ruedas. Dejas de pedalear y te dejas llevar por la velocidad que ya tenías y la cuesta. En ese momento, aparece en tu camino un pequeño charco que no tienes la oportunidad de esquivar. Inesperadamente, tu rueda delantera resbala y te das cuenta de que no vas a poder evitar la caída, que te vas al suelo de todas todas. Para los que hayáis tenido la suerte de conocer éste momento, he de decir que es un hecho un tanto peculiar. El mundo a tu alrededor, se congela, tus sentidos se paralizan y ves como te caes lentamente. Cuando tu pedal colisiona con el suelo y produce ruido, realmente sabes que te has caído y tus momentos de incertidumbre anteriores se disipan. No cabe duda, estás en el suelo.
Por si pensábais que acabo aquí, aún me queda por contar el desenlace final.
Con la velocidad que llevas, literalmente derrapas por el suelo. Mientras derrapas estas pensando: “¡mierda!” Se me ha tenido que resbalar la rueda, con lo bien que me había ido el día...” Por suerte, tus guantes de invierno, tus grandes cascos, los cuernos de la bici y sobre todo, tu pedal ancho, te libran de las consecuencias y sales ileso. Te incorporas instantáneamente y compruebas que tus pantalones no están desgarrados y que tu bici sigue entera.
He explicado minuciosamente la caída pero todavía no has leído lo mejor, querido lector. En pocas palabras, en el momento que te caes, tu consciencia se va al garete y es tu instinto quien te maneja por ti, como si hubieses puesto el piloto automático. Esto es tan real que al levantarte te preguntas: “Qué habré hecho para que no me haya pasado nada...”
sábado 7 de noviembre de 2009
TARDE
Llegaste tarde
A aquellos ojos color púrpura
A aquellas callejuelas de adoquines mágicos
A las flores rojas que crecían entre aquellos adoquines
Llegaste tarde
Cuando las agujas del reloj se derretían por los rayos de luna
Cuando el tiempo se escabullía escaleras abajo y se ahogaba en las alcantarillas
Cuando el día no volvió a preceder a la noche porque la noche se volvió eterna ese día
Llegaste tarde
Porque el tranvía descarriló en la novena avenida
Porque se rompió ese motor sistólico acatarrado y atrancado en una pulsación
Porque tu camino nunca guió tus pasos puesto que tus pasos creaban un camino cada vez
Llegaste tarde
Y Eloísa
Que se te había clavado como una chincheta en el cerebro
Ya no estaba
Ni sus ojos púrpura
Ni las flores rojas
Ni tampoco los adoquines mágicos
viernes 6 de noviembre de 2009

El mar
En sus aguas azules todo transcurre más despacio. Allí el tiempo no pasa, sólo se disfruta. No hay golpes, sino contactos. En el mar no hay penas, hay historias atrapadas en antiguas botellas. Cuando se hunden barcos, no mueren , empiezan a vivir.
El mar tiene un amigo, el viento. Generalmente, se suelen unir cantando su obra, “la brisa marina” pero en ocasiones, cuando no se ponen de acuerdo, se enfrascan en una ópera tormentosa. Aún así, también tiene tiempo para sus amores y es que a la tierra no para de comérsela.
Es principio de vida y su inmensidad nos llena de grandeza cuando nuestra vista se relaja en su color. Cuando nos bañamos en él, le dejamos escrita una carta molecular en su memoria acuosa para que no nos olvide.
En su azul claro con matices dorados, transcurren fiestas a ritmo de reggae y no deja de resoplar olas rizadas. Y en algunas partes del mundo sus diminutos habitantes crean discotecas de un azul aún más intenso y marino.

El Caballo
Esta pieza de ajedrez, de aparencia inocente, puede sorprender al adversario. En cierta manera, todos intentamos parecernos al caballo, un carácter modelo. Forma parte de un bando, en nuestro caso de un grupo de gente. Esta pieza interactua con las de su equipo siempre defendida por otra. Nosotros, las personas, a lo largo de nuestra vida conocemos a mucha gente, cada cual muy diferente de los demás. Por eso, en cuanto no nos sentimos respaldados por nadie decidimos cambiar de sitio. Vagamos por el tablero eligiendo los mejores movimientos y al fin, cuando creemos encontrar nuestro lugar intentamos adaptarnos. El caballo es un animal que se adapta cuando sus compinches le dan de lado.
Una vez que ha encontrado su sitio y es él, no tarda en destacar y consigue su propósito logrando un jaque mate tímido pero muy poderoso. El caballo no pierde los estribos ante situaciones difíciles, las afronta y salta por encima. Siempre salta, no se queda pensativo en los fracasos y en las posibles cosas negativas que le hayan podido suceder. Salta por encima de todo. Es inteligente porque tiene la capacidad de olvidar, cosa que pocos logran hacer sin rencor. En pocas palabras, es una fuerza bruta escondida (camuflada, mimetizada en su entorno), un torrente de enegía que fluye contra todo pronóstico.
-Recuerden, recuerden....-
Recuerden, recuerden el 5 de Noviembre. Conspiración, pólvora y traición.No veo la demora y siempre es la hora de evocarla sin dilación...
Sin embargo, las palabras siempre conservarán su poder. Las palabras hacen que algo tome significado y si se escuchan, enuncian la verdad. Y la verdad, es que algo en este país va muy mal. ¿No? Crueldad e injusticia. Intolerancia y opresión. Antes teníais libertad para objetar, para pensar y decir lo que pensabais. Ahora, tenéis censores y sistemas de vigilancia que os cuartan para que os conforméis y os convirtáis en esclavos.
¿Cómo ha podido pasar? ¿Quién es el culpable? Bueno, ciertamente unos son más responsables que otros y tendrán que rendir cuentas.
Pero, la verdad sea dicha, si estáis buscando un culpable solo tenéis que miraros al espejo. Sé porque lo hicisteis, sé que teníais miedo. ¿Y quién no?
Guerras, terror, enfermedades… Había una plaga de problemas que conspiraron para corromper vuestros sentidos y sorberos el sentido común.
El temor pudo con vosotros y presas del pánico acudisteis al actual líder.
Os prometió orden. Os prometió paz y todo cuanto os pidió a cambio fue vuestra silenciosa y obediente sumisión.
Así que si no abrís los ojos, si seguís ajenos a los crímenes, entonces os sugiero que permitáis que el 5 de noviembre pase sin pena ni gloria.
Pero si veis lo que yo veo, si sentís lo que yo siento y si perseguís lo que yo persigo, os pido que os unáis a mí y juntos les haremos vivir un 5 de noviembre que jamás, jamás, olvidarán.
jueves 5 de noviembre de 2009
martes 27 de octubre de 2009
-Oda al Libro.-
ningún sueño queda
a la intemperie del olvido.
Es el lugar predilecto,
el llamado hogar,
donde la memoria de la esperanza de unos pocos
quedó plasmada.
Esperamos un amigo,
un confesor, un apoyo,
Y solo requieren calor,
consideración y un poco de amor.
Los sueños,
enormes en el corazón
y fugaces en el tiempo,
pronto no serían más que recuerdos borrosos
en una alcoba seca,
Seca, seca y reseca,
vacía de amantes temerosos de su timidez,
sino fuese por éste,
¡Elo aquí al culpable!
El libro.
No se atrevan pues, a decirme
que un libro no es más que un cúmulo de historias.
Si escribo,
no es sólo por el afán egoísta,
desesperado
y quimérico
de ser recordado:
Mi yo.
Este yo infinito.
este yo que me siento,
que me temo,
que me limito.
Como creo recitar
del maestro Don miguel.
Sino,
por la esperanza, la corazonada,
de que mis sueños no sean fusilados
cuando la brillante guillotina del tiempo
caiga sobre mi pescuezo.
Y así,
yo escribiendo
y ustedes conociendo,
recordemos
el verdadero valor del libro
Y del hombre.
Los hombres, por lo tanto, señores míos,
no somos más
que el instrumento para tan honrosa empresa.
Y los libros,
no son más que escritos,
cápsulas en el tiempo,
para que los sueños
no se mueran de frío.
-Cama 2261.-
Yo me levanto y me calzo las zapatillas de andar por casa. Es una de esas pequeñas cosas que hacen que este lugar no sea tan frío y estéril. Poder traerte las zapatillas, me refiero.
Cruzo mi cama y la cortina separadora, y allí está, en su cama, panza arriba con una bata azul y agitando las piernas.
-¡Mía! ¡Mía cómo muevo las piernas!- y sonríe.
De joven se le deberían formar hoyuelos en las mejillas al sonreír pero tras toda una vida trabajando en el campo, las arrugas son la marca distintiva del tiempo. Una marca a hierro vivo.
-¡Ehto e un milagro! ¡Obra de la virgen! ¡Ojú! ¡Qué ante, no podía de moverme, y mía ahora! Ehto ha sío la virgen.-
¡Qué acento más cerrado tiene el condenado! De Granada es mi compañero, y 74 años lleva a cuestas, que se dice pronto.
-Mañana, cuando te den de alta, a mí tambié me lo tendrán que dar. Y salimo lo do juntos y sin el tacataca.- dice entre ojús, vivas la virgen y sin parar de pedalear el aire.
Según me ha contado, hace unos días estaba trabajando tan normal en la huerta, sin problemas. Cogió la bicicleta y cuando fue a bajarse, le agarró la pierna y el brazo.
-¡Qué milagro! ¡Ojú!- le brillan los ojos entre las arrugas, las cejas poco pobladas y las bolsas de los ojos.
Me pregunta a ver si estudio, y me cuenta que su nieta está en San-Sebastián estudiando medicina.
Él no sabe ni leer, ni escribir. Tan poco sabe que le causa el dolor. Los médicos tampoco. Lo tienen atiborrado de calmantes pero no le hacen pruebas. Él solo sabe del campo y yo, su nombre. Se llama Francisco.
“Desde la ventana del hospital no se ven los campos donde yo crecí” Pensará cuando se queda colgado mirando a través de las persianas.
-¡Obra de la virgen! ¡Ojú! ¡No vé! ¡Mía cómo muevo las piernas!-
Y yo lo veo pedaleando en una bicicleta roja,
con la bata azul,
por una caminito de grava
entre los campos de Granada.
Es la una de la madrugada en una habitación del hospital de Txagorritzu, el cielo está naranja y un anciano nacido en Granada, de nombre Paco, pedalea en el aire tumbado en la cama sonriendo, y yo a su lado no para de reír de alegría.
Lo dicho. Quizá, y por obra de la virgen, salgamos los dos juntos del hospital sin ayuda del tacataca y en bicicleta.
viernes 23 de octubre de 2009
TÚ
Tú absoluto.
Tú y tus tus
Yo y mis mis.
De pronto todo son tes y mes
Adiós nos
Vos adiós
Y allá en la Argentina…
Conocés mejor que nadie
Os conocés ché!
Yo sigo con ti
No con vos
Otros
Vos y otros los tiempos del tú
Tú siempre.
Tú… absoluto.
jueves 22 de octubre de 2009
Gris oscuro y la niña de Picasso

Comenzó anteayer. Anteayer cuando Susana tomó gris oscuro para dar la última pincelada al cuadro. En circunstancias normales, no hubiera ocurrido nada. Pero, ¿qué circunstancias son normales? Noches sin dormir, el tiempo que se acaba. El deber de darle cuerda a un reloj que no existe. Las últimas palabras de Yesabel sobre el tocador 32:
“My pen is bleeding every bloody drop of gin I ever drunk in your honour…”
El sonido de sus tacones grabado en el tablado del escenario y mi mirada que se perdía en el infinito cada vez que derramaba la botella de ginebra sobre una carta de amor.
“…now suffer the course of trying to transform into words all the silence my pen lets go.”
Susana terminó el cuadro azul que me dejaría como recuerdo y lo hizo con un brochazo de gris oscuro.
Yesabel, actriz de cabaret, dio su último espectáculo ayer noche para después desaparecer. Era la función de todos los días, todas las noches. Era la función de los seres perdidos en la noche, como yo. Y el rojo se esfumó con ella de mi vida, trayendo el gris oscuro del último tono de color de Susana.
Era un cuadro conocido, la niña con el vestido azul y la paloma a la que Picasso hizo dejar su pelota para mirarle, tímida. Pero la niña ya no miraba tímida, sonreía, y dejaba volar la paloma blanca hacia el cielo.
“Es precioso”, dije
“Deja que se seque, mañana te lo puedes llevar.” Se giró hacia mí “Sabes que puedes venir cuando quieras, ¿verdad?”
“Sí” Pero no conseguía apartar mis ojos de la paloma y el vestido de la niña. En el aire. Todo era nuevo, cada movimiento. Cada sonrisa de la niña era nueva para el mundo. Recordaba cuando era pequeña y deseaba ser la chica del vestido azul. Sentir el palpitar de la paloma en mis manos. Deseaba echar a volar con ella. Sin embargo, por alguna razón, la niña del vestido azul no echaba a volar.
miércoles 14 de octubre de 2009
-Geografía.-
No puedo.
Me es imposible.
Intento estudiar geografía,
mas leo poesía.
La geografía es un divertimento,
carente de sentimiento.
En cambio,
La poesía es algo gordo,
que da mucho morbo.
No, no y no.
Inconcebible.
Puede que tengan parecidos,
lo admito:
La curvatura de la serranía
con la de la palabrería.
Los desniveles de los picos
con la importancia de los hitos.
Leo teoría
como si se tratase de poesía.
Mas NO,
No se puede comparar.
Quien lee poesía
como si de un mapa litológico se tratase,
no es más que un zopenco
que llegará al gobierno.
Y en mi caso,
quien estudia geografía
como si versos de Lorca se tratase,
llegará al cero,
si se terciase.
lunes 12 de octubre de 2009
-Ser.-
Su dormitorio era pequeño y de escaso mobiliario: Una armario empotrado, una mesilla con una lámpara de noche, un reloj despertador y una copia de poesías completas de algún autor germánico.
La cama individual estaba tapada por una colcha de color rosa pálido y una silla se situaba contra la pared con un par de camisas dobladas sobre el cojín, junto a una minúscula televisión de color ocre.
Perforando el silencio estático de la diminuta estancia, se oían las agujas del reloj despertador segando los segundos como una guadaña sobre un campo de trigo.
Se sentía. Notaba su yo. Como una viscosidad casi líquida que se escurre entre los dedos mas no puedes apresarla y que deja un pegajoso y maloliente rastro en la mano. Fluía de existencia pesada, de su yo, atrapado en el pecho.
La pura existencia sin placebos ni somníferos. Ese pesado yo, que sientes y piensas, y que se nota como una piedra en el estómago.
Tras reflexionar un rato, llegó a la inevitable conclusión de que ante la imposibilidad de zafarse de ese pensamiento que le llevaba persiguiéndole desde el mediodía, su cabeza, único miembro con dos dedos de frente, se separaría del cuello y se marcharía por la puerta con tal de no seguir escuchando el repiqueteo de ese antojo mental.
Dejando así, un cuerpo decapitado, ataviado con un traje de lino reposando sobre un colchón magullado.
viernes 9 de octubre de 2009
EXCUSAS PARA ESCRIBIR PAPIROFLEXIA
Diana, que vivía dentro de una bombilla tenía un libro en la mochila. Un aburridísimo libro de un autor consagrado con el que nunca le apetecía matar el tiempo. Así que Diana pensó y claro, que remedio, se iluminó. Arrancó una hoja de aquel libro plomizo y tosco, la dobló y la volvió a doblar. Se le antojó que aquello podía ser un pájaro y lo echó a volar, pero cayó al suelo ardiente de la bombilla y se quemó. Así que cogió otro pedacito de papel y lo plegó varias veces más. Esta vez el vuelo fue más elegante, aunque breve, y el pájaro se estrelló de nuevo para correr la misma suerte que su antecesor. A aquel autor consagrado poco le podía importar lo que Diana hiciera dentro de una bombilla, por eso siguió deshojando el libro. Se le ocurrió que cuantas menos hojas tuviera le costaría menos trabajo leerlo. Y continuó. Y sí, amigo mío, así se inventó la papiroflexia. Pero no creo yo que esté descubriendo nada que no se sepa. O ¿es que nadie se ha fijado en los pájaros de papel que vuelan alrededor de los filamentos de las bombillas?- Sí doctor, lo sé. Usted es psicoanalista y no se encarga de dolencias o son ¿turbaciones? No sé, inquietudes como la mía, pero…es esa palabra…No vivo doctor, ya no. Me enloquece, de verdad se lo digo. Es escucharla y acto seguido mi mente comienza a trabajar aceleradamente y no, no puedo parar. No son drogas, no, doctor. La ketamina me producía otra sensación. Esto es algo más profundo y mucho más exasperante, es insoportable doctor. Si pudiera arrancarme esa palabra, no sé, alguna terapia de shock. Dígame, se lo ruego, una palabra que me provoque la sensación contraria, no, no, no quiero un antónimo, bueno sí, un antónimo sí, pero de la sensación que me provoca. Quizás si le pregunto a Diana… puede que ella me ayude, aunque creo que anda ocupada. No lo sé doctor, ayúdeme. Sí, la palabra, sí… Es… Es… papiroflexia.
“ Y la noticia que ahora les vamos a relatar les dejará boquiabiertos: Un psiquiatra de Barcelona enloquece por apuntar la palabra papiroflexia en el informe de un paciente. El doctor, de nombre Diana, rompió una bombilla al chocar contra ella con el pájaro de papel en el que viajaba. A causa del impacto el arte de la papiroflexia se expandió por tierra, mar y aire. Y ahora nuestra compañera Amelia nos hablará de…”
Tenía que coger un papel y un bolígrafo y escribir algo. O eso le habían dicho. Pero él no era demasiado dado a tales menesteres. Un papel, un boli y letras… letras… No le gustaban, concretamente algunas de ellas, por ejemplo... la “t”. La detestaba. “Lógico que la palabra detestar lleve dos “t”s” pensó. Y siguió descartando letras. De mala manera las expulsaba de su papel a medida que las letras, indefensas, trataban de saltar de su cerebro a su forma escrita. Había letras realmente horribles. Finalmente se decantó por unas pocas; nueve concretamente. Las dibujó en el papel y las ordenó a su antojo, también repitió alguna a la que había cogido especial cariño. Luego cogió el mismo papel y lo dobló. Aquello era todo lo que tenía que escribir. Después lanzaría la palabra al aire porque estaba seguro de que Diana desdoblaría aquel pedacito blanco de ingenio y… seguro que a ella se le ocurriría qué hacer con él.
Papiroflexia, leyó.
jueves 1 de octubre de 2009
Tonight, Singapur.
Y llega el turno de Singapur.
Vagamos por largos y siniestros caminos hasta que somos engullidos por las luces de los farolillos colgados de las fachadas de los edificios, colgados de las entradas de los bares de la calle; todos nos dan la bienvenida desde las ventanitas, sí, tan minúsculas que solo los niños consiguén asomarse para regalarnos sus sonrisas. La gente se amontona a nuestro alrededor y solo me dejan una única opción: ponerme en pie sobre la carreta, quitarme el sombrero e inclinarme, incorporándome justo después, ofreciéndoles mi mejor sonrisa. ¡Qué gran recibimiento!
Avanzamos encima de la carreta por las calles bajo la mirada curiosa de la gente del lugar y bajo la mismísima mirada de la luna del pacífico.
Cruzamos el primer puente y descubrimos una pequeña plaza con varias mesas de madera con gente en ellas disfrutando de su cena. Paramos la carreta en aquella plaza y descargamos todo. Cada uno a lo suyo y con lo suyo. Me acerco a la parte trasera de la carreta y cojo mi vieja trompeta sucia y rayada y me la acerco a los labios. Soplo. ¡Suena!
La gente se empieza a amontonar alrededor nuestro mirándonos fijamente e intentando averiguar nuestro siguiente paso. Pero… ¡Imposible!
Comienzo a soplar y una tuba se une a la entrada. Después un contrabajo junto a un banyo. Una flauta travesera se deja oír entre la melodía que vamos formando, tímida, lo sé.
Acabamos de captar la atención de todo el mundo así que le damos más fuerza y comenzamos a ofrecer nuestro mejor espectáculo.
Oh Singapur, let me feel your delight tonight
So show me where you hid your fabulous treasures
And I`ll offer silver, gold or what you want tonight…
Un poco de luz por aquí, algún que otro movimiento y mucho ritmo. He ahí la mezcla perfecta para ganarnos sus aplausos, sus risas, sus sonrisas…
Seguiremos moviéndonos ya que estamos locos, pero no tanto sin nuestros sombreros sobre nuestras cabezas.
lunes 28 de septiembre de 2009
Ritmo.
Y es el bar de peor fama de toda la ciudad, todos pasan de largo, ni lo miran pero realmente no quiere ser mirado, no quiere hacerse notar y por esa misma razón necesitas entrar en él, descubrir su secreto, desmentir su fama de tugurio, de darle una oportunidad, pero hay estas, quieto, sin moverte al otro lado de la acera mirando su letrero de neón y sus puertas negras de pintura desgastada. Venga, atrévete a cruzar esa puerta

que te separará de la curiosidad. (Un lugar repugnante- piensas) Y realmente llevas razón, quién se metería en aquel agujero bajo tierra, pero, pero, te da igual. Tu curiosidad te puede ya que solo eres un cobarde flojucho que no sabe resistir, pero, da igual. Cruzas a la carrera la calle hasta llegar al otro lado y abres la puerta y bajas unas escaleras que chirrían a tu paso. Entonces lo empiezas a oír, esa voz ronca pero llena de vida. (Un intento de alemán- piensas). Sigues bajando mientras tu cuerpo se empieza a contagiar de ese maravilloso sonido, de ritmo. Llegas y tu mirada cambia por completo. Te encuentras un hombre de unos dos metros de altura con un fino bigote bajo su nariz pidiéndote el abrigo empapado en sudor y se lo das. Lo que has encontrado a cambiado por completo tu opinión del local. Ahora solo piensas en una única cosa: porque no habías venido antes. Dos bellas y jóvenes mujeres pasan por tu lado mientras disfrutan del ritmo y comienzan a bailar. La gente baila por todas partes. Un grupo de jazz en el escenario da vida al lugar con el maravilloso sonido del saxofón, ese sonido que entra por tu oído izquierdo y estremece todo tu cuerpo. Lo único que quieres en ese momento es comenzar a bailar y simplemente, te dejas llevar por el ritmo, te mueves de un lado a otro. Chocas con un hombre que mantenía una conversación con un señor de unos cincuenta años que mantenía a la vez una partida de ajedrez con un ruso que a la vez ofrecía su petaca llena de vozca a un joven que se preparaba para ofrecer el siguiente baile a la joven de vestido rojo en la otra esquina que hablaba con una señora de unos cincuenta y tantos que no dejaba de bailar que a la vez contagiaba su ritmo al camarero que comenzaba a hacer piruetas con la bandeja de plata y jugaba con las copas como si de un niño se tratara. Lo ves todo tan hermoso, tan fantástico que ni te das cuenta de que han pasado cuatro horas desde que has entrado. Ya llevas cinco copas, y has hablado con todas las personas del lugar, te han contado sus historias, sus vidas, sus problemas. Has hablado y has compartido la idea de bancos que no solo te guardan dinero, te dan préstamos o lo que sea sino que también guardan tus ideas para su uso en el futuro. También de pequeños y minúsculos colonos que pretenden colonizar los hermosos corales de las costas japonesas. Ritmo, ese es el truco de la vida, de todo. El ritmo, ritmo, ritmo, eso es, ritmo, ritmo, si, ritmo. Una y otra vez te lo dices, ritmo, ritmo, ritmo, ritmo, ritmo, ritmo, ritom, ritom, rtiom, romti, itomr, mitor, motri, morti, ritmo. Vas saltando de nube en nube por aquel local considerado por todos asqueroso y sin darte cuenta uno dice: ¡Y se acabó! Quedaste atrapado en él.
domingo 27 de septiembre de 2009
Odio.
miércoles 23 de septiembre de 2009
Postales y una bandeja de plata.
Tu cara dormida e inconsciente pide agua. Suplica por un poco de agua.
La sumerges en una pila llena de agua y consigues silenciarla.
Un poco más consciente del pequeño mundo que te rodea te diriges al estudio, caminando descalzo por el pasillo, sintiendo la suavidad de la alfombra que lo recorre, y te sientas en el sillón que compraste hace solo tres días. Aquel maravilloso sillón por el que tanto habías trabajado y el que tanto habías llegado a odiar. Miras el largo pasillo que te separa de la puerta principal y piensas: “Siempre el mismo”
Miras las estanterías repletas de libros y piensas durante un tiempo como los has hecho prisioneros. Como los has arrebatado del lugar de donde pertenecen. Cómo uno a uno los ibas encerrando en aquella habitación. Les arrebatas la oportunidad de ver mundo, de ser leídos por un niño, un estudiante, una bella mujer, un hombre de negocios…
Te levantas y acaricias el lomo de tres libros que tienes sobre el escritorio. Aquellos que te han llamado la atención desde un principio.
Los coges y los dejas en un taburete completamente naranja, con espirales negras, alguna que otra flor y alguna que otra figura geométrica pintada en el, que está junto a la puerta, y te asomas por la ventana para ver como cada mañana a la vecina del piso de enfrente. Una señora simpática.
La tímida estrella que se va asomando poco a poco ilumina la calle y ves al señor Francis abrir la cafetería de enfrente.
Bien, ahora concéntrate en lo tuyo. Te sientas de nuevo en el sillón y centras toda tu atención en los tres libros del taburete.
De repente algo sale del tercer cajón de tu escritorio y se posa sobre tu hombro. Extrañado, lo intentas coger, pero escapa de entre tus garras. Huye. Te lanzas tras ello pero vas a parar al suelo.
Entonces la ves.
Aquella antigua caja de cartón que guardas bajo llave para no verla jamás está delante de ti y las postales que condenaste al olvido comienzan a revolotear por el estudio. Dan vueltas sin parar. Buscan la ventana, puertas, cualquier salida, cualquier hueco con tal de volar lejos. Lo inundan todo de vida, de color, de lugares y aromas exóticos, de ciudades viejas de carboncillo, de amores y penas, de alegría y dolor, de pasión, de recuerdos.
Las ves volar y te decides a atrapar una. Pegas un salto y… ¡Ya está! Gritas.
Budapest a la izquierda y Kiev a la derecha. Las lees, relees, ojeas, hueles, acaricias, las saboreas y entre susurros de tu boca sale: comencemos. Las guardas en tu bolsillo superior izquierdo.
Rápidamente coges tu mochila de cuero, esa que
tenías olvidada al fondo del armario y metes dentro todas las postales que revoloteaban sin control. Coges varias maletas, viejas y medio rotas, y metes todos los libros que tu estudio encerraba.
Coges las llaves y sales a la carrera, ignorando la puerta de tu derecha con el letrero de “Rutina”.
Bajas a toda velocidad las escaleras y abandonas el mundo a tu espalda. Vuelves a la vida. Respiras. Sientes y te dejas sentir. Vuelves a renacer.
Devuelves libros a sus hogares, y salvas del olvido las postales, migas de pan que te ayudan a seguir el camino que una vez te dio una vida, y tras tanto tiempo te vuelve a ofrecer otra completamente nueva, una vida servida en una bandeja de plata.
martes 22 de septiembre de 2009
VERDE OLIVA DE CORTINA
Las cortinas son verde oliva
Son de aceituna aterciopelada y rasgada
Polvorientas de viento marchito tras la ventana
Las cortinas esconden un mundo de cristal nublado
Son ceguera de otoño invierno y verano
No me dejan ver el espectáculo
Terciopelo áspero de la realidad que esconden
Quiero correrlas
arrancarlas y rasgarlas y abrir la ventana
Y ver
el otoño y el invierno y el verano
Y oler
el verde oliva y el viento marchito
Quiero abrir las ventanas al mundo que muere tras una cortina
Una cortina que enmudece y ensordece
Una vieja y triste cortina verde oliva
lunes 21 de septiembre de 2009
Confesión

Es la hora. La hora de admitir mi ya no presunta, pero absoluta implicación en
Un día de esos en los que el cielo es un balde de pintura azul y el frío hace de nuestras manos trozos de porcelana enlazada tomé el maldito camino, odioso camino de baldosas rojas, desteñidas, que me lleva a la rutina. Salté por encima de todas y cada una de las bocas de alcantarilla, no fuera a ser que bajo el peso de mi humor de plomo se vinieran abajo. Evité cada rastro de primavera, cada brote verde, y posé mis ojos en la caída de las hojas de otoño, en los charcos embarrados, con la esperanza de ver en ellos algo más que melancolía absurda, el comienzo del fin de un año que se acaba. Comencé a ver realidad estática, perspectivas perfectas de la calle que se convierte en camino interminable que se convierte en túnel que se estira, que te transporta por…Por nada. El otoño comenzaba y la rutina era una carcoma hambrienta acurrucada en un recoveco de mi alma de madera.
Lo que yo no sabía es que se acercaba el fin y que ahora tendría el arma sobre la mesa, mis gafas circulares entre las manos y el papel de mi confesión ante mis ojos.
Ahora, casi todos formamos parte de ella, los nuevos avances han traído lentillas, asociaciones, colegios….ante la confusión, todos nos escondemos tras esos filtros que nos alejan de la realidad del mundo. Pero nunca nadie lo admitimos. ¿Cómo admitirnos miembros del rebaño? ¿Con el orgullo de una tribu? Las verdaderas revoluciones se hacen en silencio.
Pero aquella tarde que tomé la senda de la rutina y experimenté de nuevo el destello de melancolía barata de telenovela que acosaba mi mente encerrada en jaula de cristal, decidí deshacerme de las lentillas por unas horas y salir a cazar perspectivas, calles largas, caminos al futuro próximo, cielos de pintura azul. Porque tras las gafas el cielo es azul claro, las aceras están mojadas y sobre todo, nuestras manos nunca más serán bellas piezas de porcelana enlazadas. Nunca. Y echaba tanto de menos aquel siempre, donde los besos no son actos de pasión, sino de ternura, donde la vida nos es de color rosa, sino de azul Inglaterra. Donde hay algo más que el ahora. Donde un penacho de plumas aplastado en la carretera no es nunca un pajarillo muerto, sino un grito de guerra silenciado. Aquella tarde me quité, por recordar, los filtros de la sociedad, los cristales, y mi alma recordaba, herida y melancólica, sensaciones imposibles. Amor doloroso. Llorar con solo recordar un momento feliz. El sabor del cielo al anochecer. Lo imposible. La agonía de la realidad en otoño.
Poco a poco, llegaba la hora en la que tendría que volver a ver tras mi querido cristal, donde ya no sufriría con fuerza, donde todo era banal…Hasta que vi a aquel niño. Rubio, pequeño, resuelto y miniaturizado. Llevaba un jersey a rayas perfecto en unos pantalones de pana color crema-curso escolar el corte inglés. Estaba gritando. Tenía ocho años y gritaba, no chillaba, gritaba convencido y fuerte hacia sus padres, que paseaban por delante. Gritaba enfadado pero sereno, convencido. Y, con sus dos manitas de cuatro años cada una, se quitó las gafas negras de la cara, de un tirón. Los padres pasaban su mirada horrorizada del niño a mí, estúpido transeúnte en el estúpido momento equivocado, sin poder encajar esa escena, esa rebelión abierta al otro lado de sus ventanucos de cristal, sus gafas redondas, clónicas, montura negra. El niño, respirando agitadamente, sujetaba fuerte las suyas entre sus manitas que se amorataban sobre el cristal. Mientras, miraba al cielo. Me gusta pensar que con miedo a que le cayera una gota del azul sobre su pelo rubio, una gota del azul más fuerte que había visto nunca.
No me detuve a ver el final de la historia, corrí a casa, cerré las ventanas, tomé una hoja del escritorio y ecribí: Es la hora. La hora de admitir mi ya no presunta, pero absoluta implicación en
Y ahora ya sé que no es solo la hora de admitirlo. Ahora que tengo la pistola sobre la mesa me dispongo a poner fin a este capítulo fácil en la historia de mi vida con un solo disparo.
PUM
Ahora las gafas están rotas, atravesadas con una bala de plomo. Y la realidad, mi confesión, yace escrita sobre la mesa. Pronto vendrán a por mí, pero para entonces…para entonces ni yo ni mi confesión estaremos aquí. Seguramente para entonces esté recorriendo, deprisa y hacia atrás ese caminito de baldosas rojas, desteñidas, que me llevaba a la rutina, y yo lo desharé entonces hacia lo desconocido.
O no. Ahora llaman a la puerta. Se han dado prisa. Por la ventana. ¡Corre!
domingo 13 de septiembre de 2009
-Timothy & Lewis "En busca de una estrella".-
Hubo una ocasión en la que Lewis se quedó prendado por la hija del Pastor, Hollie, y no tenía otra cosa en la cabeza que poder pasear con ella. Pero, Lewis para si corta edad, tan solo 6 años, sabía que el pastor era un hombre respetable y sabio y que necesitaría impresionarlo con algo grandioso para que le dejase pasear con su hija.
Ese Domingo, durante el sermón del Pastor, Lewis estuvo especialmente atento para conocer algo que le fascinase. El Pastor habló acerca de la creación del universo y de cómo Dios había creado el Sol y las estrellas.
-¡Ya está! Le conseguiré una estrella.-se dijo Lewis.-Eso sí que le sorprenderá.-
El joven Lewis planeó, según los conocimientos que tenía acerca del espacio, que conseguiría llegar a la luna para esa misma tarde. Pronto se dio cuenta de que para tan arriesgada misión necesitaría de la ayuda de su hermano Timothy, dos años menor que él. Y así, los dos hermanos empezaron los preparativos del viaje:
Cogieron el triciclo de Lewis y le ataron un carrito de color rojo donde pegaron pegatinas de rayos para poder coger más velocidad espacial.
Entonces Timothy, que era de los dos el más avispado, se dio cuenta del primer obstáculo que se encontrarían al llegar a la luna:
-El abuelo me dijo que en el espacio por el díxido de carbono la cabeza te puede explotar como un globo de agua.-
-Es cierto.- le respondió Lewis.- A mí también me lo dijo por eso ya tengo un buen equipo de cosmonauta para los dos.
-¿El qué?- preguntó intrigado Timothy
-Nos pondremos unos tapones de masa de maíz en los oídos para que el díxido no entre.
-¿Y que haremos con la gravedad?-preguntó Timothy todavía más intrigado.
-No te preocupes llevo el tirachinas por si aparece.-
Y es que los dos hermanos habían pensado en todo. Para poder atraer a las estrellas cogieron un muñeco de trapo, que se llamaba Oscar. Ya que, días antes, habían escuchado a su padre decir que las estrellas de Hollywood tan solo buscaban el Oscar. Y las estrellas son iguales en todas partes.
Y así, fijaron la fecha del lanzamiento espacial para después de la merienda. Tras comerse dos sendos bocatas de anchoas y coger un bote de mantequilla de cacahuete para poder sobrevivir en el espacio, montaron todos los bártulos en el carrito rojo y Lewis al mando del triciclo espacial empezó a pedalear hacia la luna mientras Timothy empezaba a comerse la mantequilla de cacahuete en el carrito.
Pasaron la iglesia y el ultramarinos y Lewis estaba seguro de que no les quedaba mas que la mitad del camino hacia la luna. Tan solo les faltaba conseguir la suficiente altura para llegar hasta el lugar donde nacían las estrellas.
De repente, a unos metros de años luz, en el arcén de la carretera, Lewis vio algo que le hizo ponerse alerta.
-¡Timothy! Rápido coge mi tirachinas.-
-¿Qué pasa?-
-Allí delante. Es una nave enemiga, dispárale.-
-No pienso dispararle. No es más que el viejo perro de los Wilson. Chispas.-
-Es cierto. Me he confundido a causa del díxido de carbono. Ponte los tapones antes de que nos explote la cabeza.-
-¿Podemos llevárnoslo con nosotros?-
-Está bien. Podrá defendernos de los alienígenas.-
Y así es como un nuevo tripulante se unió a esta arriesgada misión, dirección a la luna, para conseguir una estrella.
viernes 11 de septiembre de 2009
DE PORCELANA
Ojos de porcelana
Porcelana blanca
Mirada blanca de porcelana
Así eran los ojos de Marionne
Esa chica que vio un sueño
y cuando éste voló alto, muy alto
sus pinceladas verdes azuladas en el iris se cristalizaron.
Y después
Blanco
Porcelana
Frágil
Marionne no pudo volar tras su sueño
y sus recuerdos,
se convirtieron en tazas de café
Blancas
Vacías
De porcelana
De porcelana sin sueños
De sueños sin pinceles
De pinceles sin color
Todo era blanco y frágil
Todo escapaba a su mirada que se rompía sólo con recordarle un sueño
que volaba alto, muy alto
y que en pleno vuelo, cayó
Una taza de café estampada contra el suelo
Mil pedacitos de porcelana blanca
Y entre ellos,
dos
los ojos de Marionne
estampados contra un sueño que voló alto
muy alto.
domingo 6 de septiembre de 2009
Marfil

Un rayo de sol se colaba entre las hojas y acariciaba los ojos cerrados del niño de marfil, que arrugaba la nariz intentando espantarlo. De vez en cuando, un quejido salía de su boca rosada y parecía asustar un poco al sol. Se escondía tras alguna de las nubes colgadas en el cielo por un momento para volver otra vez, como un mico más de la jungla, a jugar con la blanca criatura tumbada entre hojas de cacao.
Kuma observaba, casi con miedo, casi con curiosidad, el juego del sol. Hacía dos horas que el niño de marfil dormitaba entre las hojas. Era raro, se decía para sí, no podía andar, no tenía dientes…y era como ellos de blanco. Se miró sus manos oscuras y las vio sucias de trabajar. Intentó limpiárselas en el vestido. Volvió a sentir miedo del niño. ¿Era así como se creaban?
Hacía dos horas, mientras recogía cacao, había notado uno de los granos pesado. Grande y pesado. Lo cogió con las dos manos y lo bajó hasta el suelo. Vio que se movía. Un poco. Tenía una grieta de arriba abajo. Kuma había trabajado siempre, desde que tenía memoria, recogiendo cacao a órdenes de los hombres de marfil. Sabía que era mucho más joven que otras recolectoras y poco mayor que otras, por eso creía que era joven. Otras contaban historias de su vida antes de recoger cacao, a ella no le habían dado historias ni recuerdos.
Intentó abrir el grano de cacao y cuando al fin sonó crack, un nuevo sonido inundó la selva: un llanto. Empapado y rojo, un niño lloraba a pleno pulmón desde el grano de cacao.
Kuma había visto pocos niños, pero sabía que para nacer debía haber una madre…o eso pensaba. Ella tampoco recordaba ninguna madre, solo los bosques de cacao. Mientras observaba cómo el niño jugaba con el sol, pensaba que quizá ella hubiera nacido igual y aquel niño de marfil no era sino su hermano. Aquel niño blanco era su hermano. Un escalofrío recorría su cuerpo menudo al pensarlo. Los niños blancos…a veces podía observar niños blancos jugar en los jardines altos. Eran tan distintos a ella…Eran de marfil. ¿Aquellos niños de marfil salían del cacao? Por eso lo recogían... ¿Y si ella también hubiera nacido del cacao? ¿Sería ella también de marfil?
Tomó a su nuevo hermano en brazos y avanzó selva adentro. Si era de marfil, nada podía pasarle. Pasaron los últimos árboles de cacao, los últimos arroyos conocidos, los últimos rayos de sol, las últimas horas de esclavitud y la noche se los tragó, para no devolvérselos nunca más al día.
Encontraron el cuerpo de Kuma al día siguiente, abrazada a un grano de cacao. Menos mal que ella ya estaba lejos, con su hermano de marfil. Andando por una noche sin miedo, porque de eso no se tiene si se es de marfil.
miércoles 2 de septiembre de 2009
Logros
Escuchar desde ese punto insignificante en el que os encontráis cada uno de vosotros, celebrando logros sin sentido con vuestras copas. Lo celebráis como algo importante pero no os dais cuenta de lo poco que vale. Más bien, y corrigiendo mi fallo, os digo con toda seguridad desde donde me encuentro que vuestros logros no valen absolutamente nada. No podéis compararlo con mi vida de principio a fin o con la vida de aquella mujer enamorada de aquellos puentes de piedra que la era moderna pretende derribar para dejar paso al futuro. Qué clase de logro es ese. O la historia del pobre bibliotecario de la calle Padi Huma es incluso más interesante que vuestras vidas. Aquel bibliotecario que prestaba libros a diestro y siniestro, y comentaba con todos las historias que albergaban los más antiguos. Aconsejaba a muchos y cuando alguien se interesaba por uno en concreto que en sus estanterías no se encontraba, removía tierra y mar parar encontrarlo. Pero vuestra ansia por querer poseerlo todo lo hundió en una grave depresión de la que jamás salió. Querías poseer los libros, hacerlos vuestros pero, estúpidos, no sabéis que realmente sois poseídos por los libros. Son ellos realmente quien se mete en vosotros, no vosotros en ellos. Pero tranquilos que os costará mucho tiempo daros cuenta y seguramente no lo hagáis. También os puedo contar la historia del vagabundo de la esquina de la calle de Dato Deud que recorre todas las calles cada día, se dedica a pintar pequeños retratos de la gente del lugar y cuando tiene suficiente material, pinta las hermosas calles que recorre todo los días, los parques, los antiguos edificios que una vez le dieron cobijo. Creéis que lo tenéis todo en esta vida pero realmente lo único de lo que carecéis es, exactamente, de vida.
Tierra de melodías perfectas
Aquella noche, si, aquella en la que la luna se perdió en un gran lago, no muy lejos de aquí, y las estrellas rejuvenecieron cambiando su color, un hombre con un sombrero de copa gris y una bandana de color negra atada a él se me acercó y sentó en la silla que quedaba a mi izquierda. Se me quedó mirando varios minutos y después agarró mi mano y me sacó arrastras del lugar. Estuvimos caminando largo rato bajo aquel manto oscuro hasta que al final se detuvo y se puso enfrente de mí.
Me volvió a mirar y me dijo que tenía algo que decirme, algo muy importante, una historia que me interesaría. Me senté en el banco más cercano y le miré fijamente. Comenzó a explicarme que había investigado sobre un lugar antiguo, un lugar cuya existencia ignoraba el mundo. Un lugar tan importante que la gente había olvidado y a causa de aquella desatención había desaparecido de la noche a la mañana como un montón de cenizas que el viento se lleva tras él. Aquel lugar había sido un gran terreno lleno de espesos bosques y altas montañas. Profundos lagos y senderos sombríos. Hacía muchos años en la zona de la antigua Galia se levantó un poblado. Un lugar extraño, un poco apartado del resto del mundo. Aquel poblado estaba lleno de músicos, o como ellos se denominaban, cazadores de sonidos. Utilizaban todo tipo de armas: violines, violonchelos, flautas, guitarras… objetos que durante los años habían sido descubiertos por otras civilizaciones. La historia de este poblado comenzó con músico de la zona de la alta montaña. Un día se presentó con su violín y le mostró al resto de la gente lo que había conseguido cazar, una melodía capaz de atontar los sentidos y capaz de mantener a cualquier persona ausente de su propio cuerpo. La gente adoraba aquel sonido y algunos jóvenes decidieron un día salir a cazar. Aquel violinista les confesó que le había costado dos semanas capturar aquel sonido tan hermoso así que no les sería tarea fácil el cazar un sonido. Aquellos jóvenes se dividieron en dos grupos. Uno de ellos se dirigió a la zona del gran lago con la esperanza de pescar algo que realmente consiguiese darles fama, y el otro grupo se dirigió a los grandes e interminables bosques del norte, hogar de los sonidos más relajantes y psicodélicos del lugar. Tras dos meses de caza los dos grupos de jóvenes volvieron al poblado. Algunos mostraban algunas de las heridas sufridas por el enfrentamiento con los sonidos del bosque del norte. 17 jóvenes músicos partieron con las primeras cosechas y solo 11 habían conseguido volver. Aquella misma noche, tras una gran celebración, los jóvenes mostraron al resto de la gente lo que habían conseguido cazar y tocaron durante toda la noche.
Gracias a aquellas celebraciones, el poblado comenzó a obtener fama y forasteros de todo el mundo se acercaron al lugar para iniciar la cacería. Tras años y años de cacería todos los sonidos fueron cazados y llevados a todas las ciudades del mundo. Podías escuchar cualquiera en cualquier esquina y todos los músicos contaban como habían conseguido capturar aquella infinidad de sonidos hasta que, cuanto más pasaban los años, la gente comenzó a olvidar aquellas aventuras. Los sonidos se pasaban de padres a hijos y se mantenían prisioneros y exhibidos por el mundo.
Una noche tras darse cuenta de lo que había hecho, aquel viejo violinista que una vez había entrado en el poblado con gran orgullo y había mostrado su presa a la gente, decidió dejar de tocarla. La gente empezó a echarla en falta. Era un sonido distinto al resto, era especial, el primer sonido. La gente al ver que jamás volverían a escuchar la aclamada melodía se dirigió a la casa del violinista para exigir su inmediata interpretación, pero al llegar no encontraron a nadie. Se pasaron meses buscando al anciano pero jamás lo encontraron. Tras la desaparición del viejo violinista el pueblo comenzó a desaparecer junto a su historia. La gente comenzó a marchar hacia las grandes ciudades y todos comenzaron a olvidar. Todos menos él. Huyó, pero jamás olvidó. Descubrió lo que había ocurrido con el viejo violinista pero jamás lo dijo, no sabía porque. Una de las noches de invierno aquel viejo se dirigió a la más alta montaña y liberó a la melodía que había mantenido encerrada durante muchos años. Tras liberarla, lo decidió rápido. Saltó montaña abajo matándose en el acto. No soportaba lo que había conseguido.
Tras aquello el pueblo desapareció y desde entonces ha estado vagando por el mundo con el sombrero de copa contando a toda la gente la historia de su pueblo para mantenerlo vivo. Un intento de compensar el no haber confesado el paradero de aquel viejo violinista que había enseñado al mundo entero el secreto de una buena melodía.
lunes 31 de agosto de 2009
miércoles 5 de agosto de 2009
¿Cómo llegar?
Me dijiste que para llegar tenía que seguir la calle que sube hacia la catedral, hacia el centro de la antigua urbe, el centro de la ciudad que suspira por el título de metrópoli.
Desde allí, debía tomar el callejón que baja entre macetas, ese callejón con las paredes desconchadas y balcones enrejados de plomo. El plomo deja polvo negro sobre los pétalos blancos de los lirios y las ventanas tienen cuartillos cerrados. Algunas llevan carteles de cerrado o de juro que volveré. El callejón serpentea, lleno de adoquines rotos, pero no debía desesperar, siguiendo hasta el final, llegaría hasta los trigales.
Los trigales son mecidos por el viento de la meseta castellana, un soplo de flauta. Parecen no terminar nunca. El cielo se asoma también, celeste e infinito sobre las espigas, que, verdes, cantan con el ritmo de la juventud. Entre ellos hay un camino, una senda que los separa de un campo de lo que para agosto serán girasoles. Había de seguirlo hasta una poza de aguas turbias que me regalaría tu reflejo.
Frente a la poza hay una casa que parece arrancada del callejón. Se acurruca, blanca y desconchada entre las espigas de trigo verde. Dentro encontraría una fuente de manzanas frescas para recuperarme del camino. Después, siguiendo el aroma de la brisa del mar hasta el primer piso llegaría hasta el balcón de la habitación de la izquierda. Frente a mí hallaría otra explanada distinta a la meseta, algún lugar del mediterráneo. Podría bajar las escaleras y disfrutar del mar.
Pero yo querría continuar, así que tendría que subir al desván, y, entre los baúles apilados del fondo, encontrar uno azul. Debía abrirlo con cuidado y bajar las escaleras de madera de la torre de hormigón que hay tras la tapa del baúl, hacia abajo. Me encontraría a la orilla de un río, en el corazón de un bosque.
Aquel era el camino, pero como yo sé que nunca hay uno solo, que mil de ellos llegan a Roma y que algunos de ellos se hacen al andar, tomé el tren hacia Trinia, donde crecen los claveles más hermosos.
Mientras el tren se desliza sobre el mar de pétalos rojos de Trinia sé que no fallaré, que con tallos de claveles rojos construiré el camino y no tardaré en llegar por mi propio pié al río en el bosque, a tu corazón.
lunes 3 de agosto de 2009
Aún recuerdo...
Aún recuerdo cuando llegó el fin del mundo. Me encontraba ordenando unos cuantos libros en la tienda cuando de repente el suelo tembló y la oscuridad se apoderó del día.
Cuando volvió la luz me encontraba en una de las esquinas de la tienda, acurrucado, sin saber que había ocurrido… tenía miedo.
Salí de la tienda y observé la larga calle. Vacía. No había ni una sola persona en ella. Comencé a caminar con la esperanza de encontrar a alguien pero no tuve suerte. La temperatura había bajado y tenía bastante frio, ya que solo llevaba una camisa y un chaleco encima.
Aquel día me desesperé bastante. Creo que estuve horas corriendo por la ciudad, gritando, buscando, pero no encontré una respuesta.
Los siguientes tres días los pasé caminando por cada calle de la ciudad. Dormía y comía en mi piso. Tuve que robar un par de veces en un supermercado que
tenía cerca. Casi toda latas de conserva. Durante aquellos tres días intenté contactar con otras ciudades pero las líneas estaban cortadas.
Estuve tres semanas viviendo solo en aquella ciudad.
Un día decidí salir de ella. Preparé una mochila con un montón de latas y otra con ropa y algunas cosas que podrían resultarme útiles. Estuve dos días caminando hasta que llegué al primer pueblo. La noche anterior la había pasado en un caserón que encontré por el camino. Creo que jamás había pasado tanto miedo.
Mientras recorría las calles de aquel pueblo lo único que encontré fue ropa, papeles, comida… tirada por el suelo. No encontré nada útil, ni a nadie. Así que seguía solo. Fui recogiendo comida de los pueblos por los que pasaba y dormía en viejos caserones o granjas.
Tardé un mes y medio en llegar a la ciudad más cercana y lo que encontré fue lo único que no quería encontrar: el vacio. Nadie. Nadie. Otra vez solo.
Aún recuerdo cuando llegó el fin del mundo. Me encontraba en una habitación de un edifico gris como el color del cielo que me había acompañado durante todo el viaje hasta aquí. Me encontraba en un duodécimo piso y acababa de desayunar. Me había puesto la camisa y el chaleco con los que había comenzado todo.
Aún recuerdo cuando llegó el fin del mundo. Recuerdo perfectamente la dureza del cristal de la ventana cuando me lancé de cabeza contra ella. Recuerdo perfectamente la calle llena de coches abandonados y aquel mercedes gris aparcado justo enfrente de la ferretería.
Recuerdo perfectamente cuando llegó el fin del mundo. Algo curioso.
viernes 31 de julio de 2009
La casa a la izquierda de la calle Manuel Iradier.
-Mira, mira, mira, ¿La has visto?
-¿El qué?
-La casa. Oh ¿No te parece preciosa?
-Mmm… Creo que le falta algo.
-Algo dices. Tú no estás bien de la cabeza. Es maravillosa, no le falta de nada. Fíjate, dos pisos, un jardín enorme, un trastero, grandes ventanales, y, y, es tan grande que perderte sería lo más normal que te pudiera pasar en ella.
- Pero, es que, creo que hay algo que no me convence. No sé, por ejemplo, ¿por qué están rotas

las ventanas? O ¿por qué las paredes están agrietadas? El jardín está hecho una mierda, y la yerba debe de tener una altura mínima de dos metros, y te aseguro que si entras ahí, date por perdido. Yo no pienso entrar a buscarte. Y lo que más me sorprende, las puertas tapiadas.
- mmm… pues, mira. Realmente no me había fijado en todo eso.
- Ves, eso falla. No me convence.
-Pero, eso es lo de menos. Tiramos los ladrillos abajo dejando la entrada libre. Cambiamos los cristales de las ventanas. Reparamos las paredes y después las pintamos, tú elijes el color.
Después revisamos el sistema eléctrico, las cañerías… Lo amueblamos y listo. Es tan grande, tan maravillosa… ¡Podemos montar algo! Sacarnos un dinerillo. ¡Te lo imaginas! Creo que puedo verlo ya. Un escenario, la gente sentada a las mesas de madera con la luz de las velas alumbrando sus caras mientras escuchan a un músico traído de algún lugar perdido, tú elijes de donde.
¡Imagínatelo!
-¿Y el dinero?
-Claro, mmm…
-Ves. Ese es el problema. Nada, déjalo, continuemos. Total el dinero no da la felicidad, tranquilo.
-¿Seguro?
-No.
- Vale.
martes 28 de julio de 2009
Manchas de tinta.

Seis minutos. ¿Y esa mancha? ¿Qué mancha? Esa de ahí. ¿Cuál? La de color rojo. ¿Esta? Si. Es sangre. No, esa mancha. ¿Cuál? La de color negro. Tinta. Es imposible. ¿Por qué? Porque es roja. ¿Roja? Si, la mancha del bolsillo superior derecho de tu camisa. Si, esto es sangre. ¿No era tinta? ¿Pero el qué? Lo que llevas en la chaqueta.
Cinco minutos. ¿En mi chaqueta? Si. ¿Tinta? No, el arma. ¿Esta? Si. ¡¿Qué?! ¿Para que la llevas? ¿No está claro? No. La mancha roja. Cual, ¿esta? No. ¿La roja? Si. ¿Qué? Que era para eso. ¿El qué? El arma. ¿Qué arma? Yo preguntaba por la cartera. ¿Cuál? Esa.
Cuatro minutos. ¿Esta? Si. No es mía. ¿Y de quién es? Del rehén. ¿El rehén con un arma? La cartera. Ya lo sé, pero ¿el arma? ¿Cuál? Esa. ¿Esta? No, esa. ¿Esta? No. ¿Cuál entonces? ¡La mancha roja! ¿Qué? ¿De quién es? Del rehén. ¿El que llevaba el arma? No, el de la cartera. ¿Qué cartera?
Tres minutos. La que me has señalado antes. Yo he señalado la mancha. La roja, lo sé. No, la negra. Tinta. Ya lo sé pero, ¿y el bolígrafo? En la chaqueta. ¿En qué bolsillo? En el derecho. No, el arma. El arma en la funda. ¿Y el rehén? En el suelo. ¿Dónde? Detrás de ti. ¿El qué? El rehén. No, el dinero. El dinero en el coche. ¿Dónde? Detrás del edificio.
Dos minutos. ¿El edificio? Si, este. Pero por qué. ¿El robo? No, la mancha de tinta. Se me rompió el bolígrafo. ¿Qué bolígrafo? El que ha dejado esta mancha. ¿Qué mancha? Esta. ¿Cuál? Esta. Pero es roja.
Un minuto. Da igual, coge el arma. ¿Cuál? Uffff, corre.
lunes 27 de julio de 2009
Hacia el sol

Y, nuevamente contra las leyes de la naturaleza, de la biología, de la antropología, de la geología, del creacionismo y el evolucionismo, la estatua de Ícaro levantó sus ojos hacia el sol, hacia el sol, hacia el sol, hacia el final de sus alas de cera, hacia el final de su vida y sonrió melancólico. Una lágrima pétrea por una historia. Su cuerpo de piedra por volver a volar hacia el sol. Porque, mientras, los pensamientos de aquel que se sentaba en el patio subían, crecían, trepaban, hacia el sol, hacia el sol, hacia el sol….
Y, con la cabeza enterrada entre sus brazos, con el cuerpo recostado en una mesa de piedra de un patio de piedra, soñaba. Contra todas las leyes del ser humano la naturaleza rompía sus normas por alguien que impulsaba alto a sus pensamientos, que los elevaba, que hacía espirales con ellos y los mandaba hacia el sol, hacia el sol, hacia el sol , con los ojos cerrados y el alma a flor de piel, su ser se elevaba como la mirada de la estatua de Ícaro, hacia el sol, hacia el sol, hacia el sol…
Y cuando llegaron crecían hiedras donde el día anterior no las había, y una estatua derramaba una lágrima de piedra sobre su mejilla. Pero solo vieron el cuerpo del pensador, inerte, recostado en la mesa de piedra, la cabeza entre los brazos…y el alma, con alas de cera, volando hacia el sol.
domingo 26 de julio de 2009
ENCOSTRADO

Daniel estaba encostrado, encostrado acostado y encorvado, todo a la vez, era de esas personas absolutamente capaces de hacer todo aquello al mismo tiempo. Milagroso. Pero volvamos a la situación inicial: Daniel y su costra, su costra en la oreja. Sí, la oreja es un mal sitio para tener costras, como todo el mundo sabe, pero es que la de Daniel era especialmente enrevesada. Sí, la costra de Daniel era de ésas que no le dejan a uno vivir cuando les da por recordar su presencia. Era caprichosa, traviesa y se hacía notar sólo cuando a ella le venía en gana. Solía dar señales de vida por las tardes, a eso de las cuatro, a esa hora en la que Daniel, fiel defensor de las cuatro de la tarde, se acostaba y encorvaba en su cama y sin necesidad de dar al “play” dejaba que su mente se alejara de la habitación tras las notas de un saxofonista desconocido que también fiel defensor de las cuatro de la tarde, todos los días, hacía de la música un arte y del arte un sueño inalcanzable. Entonces era cuando Daniel se encostraba. Parecía que su costra se excitara con la música del saxo y le pidiese a gritos que la librara del recoveco en el que estaba atrapada en la oreja de Daniel para volar por la ventana y alcanzar la melancólica melodía. Aquel saxo parecía llorar, como la costra, como Daniel, pero también parecía querer gritar su pena, como Daniel, como la costra. Cuanta más tristeza se desprendía de cada nota, más fuerte intentaba Daniel librarse de su costra, pero a medida que pasaban los minutos la costra parecía acomodarse, parecía cogerle gusto al recoveco de la oreja y se amarraba a ella con una fuerza violenta, tan poderosa como la nostalgia que entraba por la ventana directa a los oídos de Daniel.
No podía quitarse aquella costra caprichosa, pero no soportaba la idea de vivir siempre pegado a ella, cada día a las cuatro de la tarde comiéndole la oreja, robándole las notas de su canción. Su canción…
Bajó cuatro pisos y cuatro escalones a la hora que todos sabemos. Dio dos pasos, miró de frente al saxofonista que a su vez dio dos pasos y en la unión de sus labios un costra murió junto a una melodía triste; a las cuatro de la tarde.
sábado 25 de julio de 2009
Guillermo Bruma
La habitación de Guillermo Bruma eran tres metros cuadrados de remiendos y un maletín de cuero con las iniciales W.S. El maletín era su lugar más querido, donde podía dormir por las noches acurrucado, donde se sentía siempre en casa.
La vida de Guillermo Bruma era un juego de muñecas rusas: un recuerdo dentro de otro dentro de un momento dentro de un disparo de luz y ruido en mitad de la noche o bajo la cama de Casandra. Guardaba todos los recuerdos dentro de la más grande de las muñecas, la más adornada: una identidad.
La identidad de Guillermo Bruma era tan gris como anodina y hacía de escudo protector a una vida de anodinos colores cercanos al gris. Pero distinta. Guardaba su vida de colores apagados bien camuflada bajo otra de matices grises. Los frágiles destellos de color eran su mayor tesoro, porque eran diferentes. Diferentes a la realidad.
La realidad de Guillermo Bruma era el Londres más gris de todos, en el que se prohibía pasear solo por decreto, en el que se denegaba socialmente el derecho a lo inútil, a mirar durante horas a un cuadro de figuras sensuales y se promovían los cócteles frente a obras de arte descafeinadas y desprovistas, arrebatadas de todo sentido en dos líneas paralelas de colores. Era el Londres del comienzo del siglo XXI.
El pasado de Guillermo Bruma estaba guardado en su maletín. A las preguntas de la gente el respondía que en él guardaba momentos.
El presente de Guillermo Bruma era un cuadro de secretismo, su primera muñeca rusa, una trama de callejones sin salida. Sus conocidos murmuraban no haber visto nunca a sus amigos y los amigos se extrañaban de que ocultase quien era su familia.
La noche que desapareció Guillermo Bruma fue una en la que forzaron la puerta de sus tres metros cuadrados de remiendos mientras él no estaba, tomaron el maletín y lo abrieron a la fuerza. De él salieron disparadas mil fotografías en papel, reveladas, cómo antes, en las que la imperfección de la pérdida de color y los seres en movimiento se asomaban por doquier. Pero era otra realidad, y si le hubiéramos preguntado a Guillermo Bruma, seguro que hubiera dicho que una mejor.
En lo que debieron haberse fijado para encontrar a Guillermo Bruma sería en una foto desteñida de un parque enfermo de invierno pero aun en otoño. En el banco podrían haberle visto, descansando, durmiendo. Pero ya nadie se fijaba en las fotos desgastadas, en el pasado del señor Bruma, en esas fotos en las que quedaban atrapados colores. Apagados. Serios. Pero colores.
viernes 24 de julio de 2009
TE ESCRIBO
Ya voy, poco a poco, sin prisa, coma, sin prisa, no le vaya a sentar mal ¿dónde íbamos? ¡Ah sí! Íbamos tras un par de letras, vayamos, veamos, otra línea. ¡Vaya! No puedo… quizás otro día…Tres puntos; uno el primero: dos el segundo y tres el tercero.
Retomemos, a partir del punto y aparte, bueno sí, en realidad eso era, es, será, lo que quería decir, escribir, contar, comentar, explicar, en definitiva un infinitivo, definitivo.
FIN
Escribo.
FIN
miércoles 22 de julio de 2009
domingo 19 de julio de 2009
Querido Ulises
Querido Ulises,
Ulises,
Deseado Ulises,
Odiado Ulises,
Querido Ulises,
Es tan extraño el destino…Desde esta gasolinera en la autopista A-1 quiero manifestarte mi total agradecimiento por tu huida por tu desprecio por tu desaparición por tu intervención en mi vida.
He recorrido el mundo buscándote buscándome buscando una respuesta y creo que al final la he encontrado. Has sido mi excusa mi aliciente el veneno en mis entrañas de gran ayuda: empecé por buscarte, ansiosa desesperada y terminé encontrándote muerto jajaja fiambre mortal traidor miserable olvidado. Yo sin embargo he ido recogiendo recuerdos por el camino, me gusta pensar que cuando me veas no me reconocerás que te arrepentirás de haber vuelto a Ítaca que no ha sido en vano mi búsqueda y que he encontrado una vida nueva de rouge y charol en la que soy libre para volar en la que soy libre para vivir en la que no dependo de ti.
Gracias a ti he descubierto el mundo y nunca podré agradecértelo lo suficiente, ahora que estás muerto y olvidado.
I wish you where here
Con mi más absoluto odio
Deseosa de no volverte a ver
Gracias de nuevo por liberarme de tu presencia
Calipso
Especies curiosas.
Sentado, observo a la descontrolada marabunta entrando y saliendo del lugar con amplias sonrisas. Forman coros perfectos. A gritos, piden todo, se comunican… todo, a gritos. Pasemos de la marabunta y dividámosla en manadas.
Cada una se mueve en una dirección buscando el mejor lugar donde instalarse. Algunas se decantan por algo cómodo y confortable. Otras por un lugar bien alumbrado y otras, se conforman con existir. Pasemos de las manadas a los grupos.
Una vez hecha la elección del lugar, un par de individuos elegidos por mayoría por el grupo, se dirigen a la frontera entre servir y ser servido. Llaman a gritos y utilizan señas primitivas al único ser un poco educado del lugar y piden las bebidas por las cuales gastan todo lo que tienen. Por las cuales se enfrentan entre sí. Cualquier cosa por notar el alcohol recorrer sus cuerpos, atontar sus mentes y confundir sus sentidos. Una vez se hacen con las provisiones, vuelven al grupo y las reparten para que todos disfruten de ellas, no sin antes llevar a cabo el ritual que consta de tres partes. La primera, dar la mano al que tienen al lado. La segunda, unas palmaditas en la espalda. Y la tercera, soltar algún típico chiste (la mayoría verdes) y después, tras concluir el ritual, entre risas, beben.
Después de terminar con las provisiones, el grupo se levanta y salen, formando al salir manadas y, cuando finalmente abandonan el lugar, forman la anterior mencionada marabunta. Son una especie curiosa.
“Continuaré mi investigación con el análisis de cada grupo individualmente.”
Artículo de investigación para Akeita.
Dave Smith.
viernes 17 de julio de 2009
BUSCANDO UN POEMA
Estuve buscando un poema
Me perdí en mil libros,
en mil almas sin huella.
Mil poemas sin un poema,
mi poema.
Seguí buscando un poema
y me encontré
en una noche sin día
en la que de los árboles,
muertos
caían hojas,
muertas
que hablaban de poemas
muertos.
Retomé mi búsqueda perdida
y me escondí.
Me escondí en un rincón desconocido
de mi vida ajena a mí.
Mi vida vivida por una parte mí,
una parte que dormía en un rincón
donde un poema,
arrugado,
en un papel de servilleta,
emborronado,
me buscaba.
miércoles 15 de julio de 2009
The universe
Un susurro a lo lejos. Una mirada vigilando cada paso que doy mientras miro las agujas de aquel antiguo reloj de cuco. Me giro pero no veo nada a mí alrededor. Vuelvo a girarme y nada. Otra vez, y nada. Vuelvo a girar sobre mi mismo una y otra vez. Lo empiezo a ver todo borroso cada esquina, cada pared… ¿cada pared? ¿Cada esquina? Cada luz que veo, de un color blanco se divide en diferentes colores a mi alrededor: verde, un azul cielo de Inglaterra, un amarillo dorado, lila, rojo, azul celeste… Cientos de ellos girando a la vez que lo hago yo.
Después suben hacia arriba, dan dos vueltas formando arcos irregulares, curvas sin fin, juntándose en un color y volviéndose a dividir en otros cientos de colores diferentes a los iníciales. Las diferentes curvas no consiguen iluminar el lugar ni hacerse un hueco en la oscuridad que me rodea, pero eso realmente me da igual. Giro y sigo girando alrededor de mis nuevas compañeras

que cada vez se mueven con más rapidez.
Se empieza a notar una pequeña ráfaga de aire que comienza a elevar las curvas que, intentando continuar su danza huyen al infinito.
Vuelve el color blanco. Ese punto suspendido en aire mirándome, tímido. Comienza a alejarse pero me da igual, yo sigo girando y girando y empiezo a olvidar el tiempo, las prisas, el mundo, la noche, la mañana… sigo girando hasta caer de rodillas al suelo. Intento agarrarme a algo para continuar pero noto sus húmedos labios besando mi cuello detrás de mí. Me doy la vuelta pero lo único que consigo agarrar es el aire. Me levanto del suelo y comienzo a caminar hacia delante hacia la oscuridad. Salir de ella para volver a entrar. Irónico. Sigo caminando sin saber a dónde llegar, y sin darme cuenta me encuentro rodeado de algo tan suave como la propia seda. Lo noto rodeándome, envolviéndome en ella.
Alguien me agarra de la mano, y moviéndose con rapidez me hace girar. De nuevo el anterior juego. De nuevo la diversión, el sentirse apartado del resto del mundo, sin preocupaciones… pero esta vez con alguien más en el. De nuevo, volviendo a girar, capto el aroma de un perfume, un olor extremadamente familiar. Lo había olido antes, en otra parte, si, lo conocía. Aquel aroma que me había mantenido noches y noches en vela, ese aroma que me había atontado tantas veces mientras vivía un sueño, mientras corría por diferentes calles en diferentes lugares: Bruselas, Londres, Paris, Ámsterdam, Moscú, Kiev… Me había seguido hasta allí. Se escondía en aquella oscuridad, observándome.
Seguía girando envuelto en seda. Aquella suavidad junto a otro beso en el cuello, salido de la oscuridad. Vuelvo a atrapar al aire. Donde estaba, donde se escondía. Debía averiguarlo, esta vez no podía irse de aquel maravilloso lugar sin saber quién era.
Comencé a girar a más velocidad intentando atraparla pero no lo lograba. Mi cabeza comenzaba a girar más rápido que yo y comenzaba a marearme.
De repente todo comenzó a iluminarse, y mis antiguas compañeras de juego bajaron del infinito rodeándome de nuevo. De nuevo aquella maravilla, aquel color y aquel aroma. Una caricia, un susurro en mi oído, de nuevo otro beso, de nuevo me agarra la mano pero esta vez más fuerte y sin ánimo de querer soltarla.
¡Ya la tenía!
Pero no. Ella me tenía mí. Me agarró de la cintura y al fin la sentí. La piel suave del cuerpo desnudo, el calor de su cuerpo, la velocidad. Los dos cuerpos girando a la vez en la misma dirección rodeados de suave seda blanca.
Y hay la tenía, delante de mí. Al fin veía su rostro. Aquellos ojos marrones que me habían vigilado durante noches, aquellos labios húmedos que habían conseguido estremecer el cuerpo entero…
Me miraba fijamente, sin parar de girar, sin dejar de agarrarme. No podía creerlo. No podía. Aquel ser que me había hipnotizado con sus movimientos, por el olor… era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Nunca había encontrado nada igual, absolutamente a nadie que se moviera como ella.
Allí seguía mirándome mientras largas líneas de luz brillante nos rodeaban formando un círculo sin escapatoria. Pero, ¿para qué escapar? Estaba en el mejor lugar de aquel mundo. No huiría ahora que ya la había encontrado.
La luz blanca comenzó a renacer y poco a poco comenzó a arrebatarle el lugar a la oscuridad. Ahora que se encontraban juntos, al fin, las miles de líneas de luz volvieron a huir al infinito, al fin del mundo donde cambiarían una y otra vez buscando el color perfecto, el más hermoso, para poder rodear a los nuevos soñadores que pisasen aquel mundo buscando un lugar donde encontrarse y disfrutar de un nuevo juego entre líneas de luz, la claridad y oscuridad.
Girar, girar y girar como niños en un tiovivo en mitad de la noche bajo estrellas doradas y plateadas, bajo cometas surcando de un lado a otro la mirada de soñadores, bajo la atenta mirada del universo infinito, un ser extraño, vigía de mundos fugaces, observando el juego de dos extraños entre seda y sueños de plata. Un juego sin final, porque una historia sin final es perfecta ya que no termina, simplemente mantiene a sus personajes en el momento más hermoso que querrían vivir como soñadores que son en este universo en constante expansión al infinito junto a seres de luz, albergando sueños donde encontrarte sería, solo, un juego de niños, al que jugamos.
Comencemos.
"El universo en una flor, en manos de un soñador"
domingo 12 de julio de 2009
ROSA DE METAL

Tenía una rosa de titanio incrustada en el corazón, en su corazón de hielo.
Una rosa de latidos metálicos que rebotaban en paredes congeladas.
La rosa gritaba. Era un sonido agudo y desgarrador, casi chirriante. La rosa gritaba su desesperación por escapar de su jaula helada.
A veces tiritaba y el calor que producía parecía derretir un poco las paredes que la apresaban, pero no era suficiente, aquel PUM PUM metálico no cesaba, no se aceleraba, no se ralentizaba, siempre el mismo PUM PUM frío y metálico como ella, insensible como una rosa con pétalos de titanio.
La única escapatoria posible podría ser la muerte, pero no, aquella rosa ya estaba muerta por fría de frío, por fría, de metal. La única escapatoria posible era la vida, debía vivir.
Y entonces llegó aquel puñal que hizo del hielo láminas de frío que se derritieron en sangre que cubrió los pétalos de titanio de una rosa roja, de una rosa viva en un corazón caliente y apuñalado, en un corazón vivo.
jueves 9 de julio de 2009
Can you feel it?
- Sí, soy yo.
No me mires así, ya lo sabías. Venga.
No me digas que aún no lo recuerdas. Tú siempre con una escusa.
¿Recuerdas aquella tarde? Tú y yo. Nadie más. El mundo para nosotros.
No lo recuerdas.
No me rio. No lo hago.
¿Aquella tarde tan maravillosa?
Nada. Crees que podrías intentarlo. Solo un pequeño esfuerzo. Por mí.
Ummmmm… Aquella calma, un lugar perfecto. Para mí, para ti. Para nosotros.
¡Venga ya!
Deberías acordarte. Tú y yo, tumbados. Dejaste volar tu mente entre nubes. Tus dedos, una caricia. Tus labios, el sabor más dulce. Tu mirada, un mundo. Tu mente, revolotéa.
No recuerdas aquella tarde de hojas rojas, otoño. No recuerdas tu promesa. Un camino, una vista perfecta del fin del mundo. Aquella mezcla de colores. Seguirme. Ir hasta donde te llevasen los pies y cuando parasen seguir junto a mí, la calle entre cientos de edificios. Un viaje bajo miradas curiosas, observándonos. Nuestros pasos.
Aquel color rosado reflejado en las nubes al amanecer. La luz intensa durante el día. El color rojizo del anochecer y la luz blanca de la luna a medianoche sobre tu rostro, perfecto.
Aquella colina nevada donde nos tumbamos y observamos las estrellas de hojalata y me dijiste “consígueme una”.
Envueltos entre cientos de mantas viejas, hacíamos el amor.
¿ No lo recuerdas?
Can you remember it? Please.
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Take my hand.
Can you feel it?
I´m real.
Don´t look at me like that.
martes 7 de julio de 2009
CALCETINES
Diego tenía dos opciones y una decisión que tomar. Los zapatos los llevaba en la mano y los calcetines, rotos, en los pies. Debía decidir si quitarse también los calcetines y abandonarlos junto a los zapatos o simplemente quedarse con sus agujeros y decir que el calzado se le había perdido.
En un día en blanco y negro de frío azul no había lugar a dudas, tendrían que ser los zapatos, ya vería después qué hacer con los agujeros de los calcetines. Buscó un cigarrillo a medio empezar entre los cadáveres que descansaban en paz en el jardín y pensó que no sabía coser, enorme problema en un día de frío azul ¡y sin zapatos! Bueno, eso era lo de menos, los zapatos debían de permanecer lejos de sus pies, eso ya estaba decidido. Olisqueó el pitillo y se sentó en el banco. Claro que no tenía nada que ponerse en los pies, pero… cordones. No soportaba las cuerdas, lo atemorizaban, tener que atarse a sí mismo cada día… era demasiado, algo con lo que no tenía por qué vivir. “Zapatos sin cordones” pensó, claro que de todas maneras no dejaban de ser una carcasa con la que apresar sus pies. No, no era justo tener que vivir montado en unos zapatos, no podría sentir la tierra bajo sus pies, pisar continuamente la misma suela… imposible, inimaginable.
Dejó el cigarro donde lo había encontrado, era tarde ya, había empezado a refrescar y tendría que buscar algún sitio donde dormir. Abandonó los zapatos sobre el banco y empezó a caminar hacia el río en busca de algún puente acogedor, canturreando el canon de Pachabel. Mientras en su cabeza se debatía entre coser los agujeros de los calcetines o tirarlos al río una mujer de cara aterciopelada se le quedó mirando sorprendida. Lo que nunca sabremos es si aquella señora lo observaba porque Diego estaba destrozando la melodía del canon o porque jamás había visto antes a nadie pasearse desnudo y en calcetines a orillas del río durante la madrugada de un cinco de Diciembre.
BALDOSAS ROTAS
vuelo sobre tejados sin techo,
transito noches sin oscuridad.
Camino entre sueños despedazados en mil cristales azules,
rememoro recuerdos sin título,
paso por un presente sin verbo.
Avanzo sin rumbo y busco sin objetivo,
miro sin alma,
oigo sin voz.
Persigo mis pasos atrasados,
escucho el eco de una voz perdida,
arrastro el tiempo para arrancarle sus segundos eternos.
Subo y bajo escaleras
que son rampas,
que son toboganes,
que son tubos entrelazados en curvas imposibles.
Y al final del camino
Nada
Vacío de día y de noche
y de recuerdo y de presente
y de alma y de voz y de tiempo
Vacío de precipicio precipitado
Vacío de mí que se precipita al vacío
Y continúo
Piso baldosas rotas…
lunes 6 de julio de 2009
Monotonía de lluvia tras los cristales
La profesora lee Machado en voz alta.
Monotonía de lluvia, sí, tras los cristales. Monotonía, sí, entre los escolares.
La profesora borra la pizarra; cadáveres de tiza caen en polvo gris al suelo. Cae el álgebra. Cae Al-Ándalus. Cae todo bajo los pies de la profesora que escribe la rima consonante de un poema que recita con voz asonante.
La profesora lee.
El estudiante se levanta.
La profesora calla.
El estudiante habla. Grita.
De primavera, de flores, de color. De la boca del estudiante salen matices, contrastes, ilusión.
El estudiante rezuma novedad. La profesora le calla con la losa de la decrepitud.
Los colores se apagan y vuelve la lluvia, la monotonía, sí, tras los cristales, sí, entre los estudiantes.
domingo 5 de julio de 2009
PACIENCIA
Tuvo paciencia, tanta que un día se instaló en su cabeza y no le dejó vivir más en paz. No podía comer, ni dormir, ni jugar a las cartas porque la paciencia ocupaba su cabeza durante todo el día. Atascaba sus pensamientos, había tenido que esperar tanto tiempo... había tenido que dejar de pensar durante tantos días que su cerebro se negaba ya a enlazar ideas, no podía procesar nada que no fuese la espera continua.
Paciencia.
Tuvo tanta y tan terca que simplemente se limitó a sentarse en la silla de la entrada, frente a la puerta, con la mirada fija en la cerradura. La paciencia no le permitía hacer otra cosa si no esperar que en algún momento de su existencia un objeto metálico llamado llave se colara por ese agujero denominado cerradura para mover la puerta. Si aquel conjunto de sucesos tenía lugar, entonces sí, podía hacer que su mente desalojase la paciencia instalada en su cabeza y recobrase la actividad habitual. Entraría por la puerta y él la abrazaría. Tras abrazarla la sentaría en el sofá de la sala de estar y le prepararía un té con leche, como a ella más le gustaba, pero hasta entonces seguiría sentado en la silla de entrada con la paciencia posada cómodamente en su cabeza.
Los días pasaban y su compañera de espera no lo abandonaba, ni tampoco él hacía demasiados esfuerzos para echarla. Cada vez estaba más delgado y llegó un punto en el que el dolor de espalda que le provocaba estar sentado en la silla de mimbre frente a la puerta desapareció para ser sustituido por la insensibilidad total. La barba le creció hasta cubrir casi por completo su cara y en unos pocos días más, en vez de una persona, parecía más bien un elemento decorativo más de la entrada de la casa. La paciencia en su cabeza pesaba ya más que él mismo.
Un buen día de Sol de otoño el conjunto de suscesos que su paciencia y él llevaban esperando tantísimo tiempo tuvo lugar. La puerta se abrió y una mujer entró por ella. Era alta y delgada de cabello rizado y pelirrojo. Llevaba un vestido azul. Como por arte de magia la paciencia huyó por el hueco que había dejado la puerta entreabierta y él, sentado en la silla, hizo todos los esfuerzos posibles por cerrarla para que no volviera, ya no lo necesitaría. Sin embargo, al intentar mover el conjunto de músculos que le permitirían incorporarse algo extraño sucedió. Era como si su cuerpo no respondiera sus órdenes. Intentó hablar, pero no pudo, ni siquiera podía cerrar los ojos. La paciencia se había llevado con ella lo poco de humano que le quedaba. Mientras tanto, la mujer pelirroja miraba a su alrededor como si estuviera buscando a alguien, pero, lo que aquella mujer no sabía era que lo que tenía que buscar no era alguien, si no algo, unos pocos kilos de materia que se apilaban frente a ella y a los que ella misma, sin quererlo, de tanto hacer esperar, había robado los pocos gramos de alma metamorfosizada en paciencia que le quedaban.
sábado 4 de julio de 2009
JULIO
Tres días de su larga vida de 31
Una vida larga y viva y púrpura y a veces, azul
Le robaron 7 días más y perdió una semana
Una semana violeta con 2 días amarillos
Y sólo le quedaban 18 días
Un día el viento arrancó 5 días del calendario
Otro, el granizo apedreó el último fin de semana
7 días de mal tiempo, menos tiempo
Del los 11 días restantes 4 se perdieron en el tiempo perdido
Hubo 2 días naranjas que se derritieron por el calor
Y otros 3 decidieron tomarse unas vacaciones blancas
2 días
A Julio le quedaban 2 días y se deshizo de 1 por festivo
1 día
Julio era un día
Julio era hoy
Julio era ahora
Julio era púrpura y a veces, azul
martes 30 de junio de 2009
Calor
Tiene así como un aura de oro.
Sobre la acera vagan palomas blancas
descansas
Por la carretera humea el asfalto
Por tus ojos corren reflejos de los coches, motos,
Transeúntes
En las ventanas se reflejan los rayos de sol
En tus rodillas se marca la cal de las paredes.
A través de los escaparates se ve el reflejo de la urbe
A través de ti se ve el mar
La ciudad dormita
Tú sueñas
La ciudad crece
Tú te encojes
Calor
Brisa
El verano consume,
Pero a tus ojos la tarde tiene así como un aura dorada.
sábado 27 de junio de 2009
Road
Miró la carretera que se extendía frente a él. El calor abrasador y el sol no tenían piedad. Volvió a mirar el reloj.
Llegaba tarde. Fue lo único que pensó.
Se llevó de nuevo el cigarrillo a la boca y volvió a aspirar el humo. Dio unos pasos hacia delante y se volvió a parar. Miró al Cadillac que estaba aparcado detrás de él, en el arcén. Miró a los pocos árboles que lo observaban con curiosidad. Ningún coche más por toda la carretera. Solo estaba el. Podría gritar, hacer lo que quisiese y nadie le vería, nadie le diría nada, pero por hoy ya había hecho suficiente.
Se acercó al coche a paso lento y cogió el café que, apoyado en el capó, le esperaba con impaciencia. Le dio dos sorbos y volvió a dejarlo en el mismo lugar. Miró de nuevo al asiento trasero y revisó de nuevo lo necesario para aquel viaje.
¡Maravilloso!
Pero ahora debía de llegar ella ¡Estaba en lugar indicado! ¡El momento en el que escaparían de aquel lugar que los había encerrado! ¡Les había impedido crear su mundo! ¡Ya tenían la llave! Podrían irse.
Volvió a llevarse el cigarrillo a la boca y le dio otra calada. El sol brillaba en sus gafas de sol
oscuras. Llevaba una americana negra encima de una camisa blanca que había llevado puesta durante la última semana.
Movió la cabeza de un lado a otro.
Ella no vendría.
Se acercó al coche y, tomando el café entre sus manos se sentó en el capó y mirando al cielo observó cada estrella como si se tratase de la primera vez. La luna iluminaba el valle entero. El viento soplaba entre los pocos árboles presentes y acariciaba el rostro del hombre que, sentado en el capó del coche, la esperaba.
Cogió de nuevo el café y le dio otro sorbo.
Ella no vendría.
Cuando hace dos días le dijo que junto a él, iría adonde quisiera, escaparía de aquel lugar y le regalaría su tiempo, supo que era demasiado bueno. Un sueño. Si un sueño. Seguramente lo habría soñado y estaría esperándola en vano. Realmente era el quién debía escapar. Su mente le había jugado una mala pasada. Le había engañado y le había hecho perder un tiempo que realmente no le pertenecía pero quién sabe. Quizá le hubiera vuelto a jugar una broma su mente.
No vendría porque no existía.
Se bajó del capo, terminó de un trago el café y se montó en el vehículo. Tres días. Arrancó y comenzó a recorrer la carretera que había observado atentamente los últimos días y, teniendo a la luna como testigo, escapó a través de aquella carretera.
Miró a la carretera. Notó el viento acariciar su rostro y se volvió hacia el coche aparcado en el arcén de aquella carretera. Se metió dentro del coche y arrancó.
El nunca vendría, no a por ella. Y con una lagrima deslizándose por su mejilla y bajo la mirada atenta de la luna y los pocos árboles que la miraban con curiosidad, se alejó de allí por aquella carretera que había observado durante los últimos tres días con un café en la mano.
No vendría.
No esta noche.
jueves 25 de junio de 2009
Muerte a medianoche
Eran unos pies tan finos que si hubieran pisado por encima del agua flotarían. Eran tan finos que parecían agujas de coser que, como un segundero con sobredosis de cafeína o un corazón acelerado por la inminencia de un beso, bajaban en cascada, deprisa, las escaleras del Distrito Norte. Esas enormes escaleras negras, ya sabe usted cuales le digo, las que cuando la niebla inunda el corazón de la ciudad parecen flotar sobre la inmensidad. Tranquilo, ahora voy al grano, me dejo de poesías, pero es difícil cuando se habla de este caso, comisario.
Ella llevaba unos zapatos de cristal, cómo los de Cenicienta. Pero ya me dirá usted, señor comisario, cómo iba a bajar las escaleras del Distrito Norte con ellos. Los dejó en los primeros escalones y continuó, ahora sus pasos eran golpecillos ahogados.
Ella llevaba una chaqueta de estrellas en el que se veía el infinito, los viajes en el tiempo. Pero ya me dirá cómo iba a bajar las escaleras hacia la ciudad con una chaqueta de sueños sobre viajes, con la crisis que se nos cae encima, el infinito para otro día.
Ella poseía unos cabellos negros que susurraban sobre el amor como combustible de la enorme maquinaria que es el mundo. El amor como verdad absoluta no es una manera apropiada de penetrar en esta ciudad, eso lo sabe usted bien, así que se cortó los cabellos y los dejó en la escalera número 24.
Su mirada, señor, gritaba, pedía a gritos un poco de originalidad y locura. Pedía vida, pedía arte, pedía sol y lo quería ya. Pero una mirada así siempre será ignorada aquí abajo, como si no tuviéramos otras cosas en las que fijarnos. Cómo si no tuviéramos nuestras propias necesidades y agujeros interiores que rellenar. Cómo si no nos valiese con nuestras propias carencias. Ella lo sabía, y dejó sus ojos en el escalón número 42.
Ella tenía un alma blanca, y le encantó como quedaría el blanco contra el negro de las escaleras. Porque aun guardaba en ella esa necesidad de ver, de sentir, aunque su mirada no lo dijese, aunque sus cabellos no lo susurrasen. Tomó su alma y la dejó en el escalón 60.
Siguió bajando, tambaleante, hasta que, en el último escalón, el 71, sus pies, tan finos como agujas de coser, pisaron por última vez.
Dónde antes estaba ella, ahora había una mancha de tinta.
-Estamos hablando entonces, de un suicidio.
-Señor comisario, dudo que la muerte de la Ilusión pueda considerarse un suicidio.
miércoles 24 de junio de 2009
Cuarto mundo a la derecha.
Y tener una pared blanca a la que mirar cada noche, mientras continuo mi camino hacia la cama para envolverme entre miles de sabanas viejas y mantas roídas por ratones que merodean por las noches buscando un lugar donde esconderse y poder dormir tranquilos.
Cruzando puerta por puerta, caminando por eternos pasillos adornados y tapizados por enormes alfombras persas y lámparas de cristal.
Alzo la vista y, escaleras infinitas que recorren las paredes, suben y bajan al

mismo lugar. Avanzan en zigzag por el techo y cruzan grandes mares y altas montañas.
Sigo caminando y las paredes blancas, blancas como aquel día de invierno, subiendo la colina nevada buscando un lugar donde echarnos al suelo y disfrutar de aquel cielo lleno de estrellas.
Subo las escaleras: Subir, derecha, subir, derecha, derecha, izquierda, izquierda, bajar, subir, derecha, llegar.
Camino por mundos extraños para mí, cruzo el día, la noche, varios atardeceres y cientos de amaneceres, cada uno con su propio sol.
Todo. Y encuentro la puerta de picaporte dorado. Lo giro y vuelvo a cruzar otra frontera. Otra más entre las miles que he cruzado para poder cruzar esta última. Un nuevo mundo abierto a mí, maravilloso, propio de dioses y, allí, al otro lado del mundo la suerte me sonríe.
Oh! My lucky day! Tumbarme a tu lado. ¡Qué gran privilegio! ¡Tan afortunado!
Aquella noche de estrellas de hojalata colgadas del techo y paredes blancas como la nieve cubriendo aquella colina donde, tumbado entre miles de sabanas viejas y mantas roídas por ratones, la observo volar, con una sonrisa en la cara, hacia el cuarto mundo a la derecha.
Oh! My lucky day!
domingo 21 de junio de 2009
A ritmo de Broadway
Julieta se dedicaba a sacar fotos de anocheceres robados.
Un hombre de negro paseaba todas las noches por una calle aparentemente desierta.
Aitor se sentía inspirado desde su ventana azul por los pasos del hombre de negro. Sonaban a Broadway. Broadway Blues.
Un gato, atigrado y tuerto ronroneaba bajo la música del saxofón que tocaba Broadway Blues.
Un pajarillo cojo escapaba del gato tuerto que ronroneaba desprevenido. Llamémosle Bu.
Bu es la reencarnación de la sociedad ante el mendigo que pedía ante la iglesia. El pobre Bu se empeña en cojear cuando puede volar.
Una señora le daba limosna al mendigo filósofo que le sonreía con una sonrisa desdentada y sincera. Clara.
Clara se llamaba la hija de la señora, que bajo mantas de ganchillo y un libro en sus rodillas escuchaba Broadway Blues y ronroneaba, a su manera.
Mientras tanto, un ratón blanco escapaba de Clara y subía al alfeizar de la ventana. Observaba el anochecer y lo robaba. Lo saboreaba, lo olisqueaba, se llenaba de él, consciente que el anochecer no es para los ratones blancos. Lo sabía, y lo robaba, se lo guardaba en su corazón blanco también y notaba cómo se teñía de rojo.
Julieta, desde un puente de piedra, se dedicaba a sacar fotos de anocheceres robados.
martes 16 de junio de 2009
-Mister Pepels.-

Yo jugaba en mi habitación con la pelota cuando mamá llegó del hospital. Papá me dijo que mamá estaba muy cansada y que necesitaba descansar.
Papá tenía los ojos rojos e hinchados.
Nos sentamos a ver la tele y yo fui corriendo a mi habitación para coger a Mister Pepels, mi dinosaurio verde con el que siempre veía la tele y que por las noches me protegía de los monstruos del armario.
Tras los dibujos animados, empezó el telediario con una noticia: “La polémica aumenta ante la nueva propuesta de la ley del aborto que…”
Yo le enseñaría a jugar a la pelota y a tirarse por el tobogán. Porque aunque tenía cuatro años, ya sabía subir yo solo las escaleras. Y también jugaríamos con Roberto y Miriam, la hermana pequeña de Roberto.
Me acerqué y dejando el dibujo sobre la mesa dije:
Papá encendió un cigarrillo y empezó a llorar.
-No cariño. No has hecho nada Lo que pasa es que tu hermanito no va a poder venir. No ha sido culpa tuya. Tú te portas muy bien. Lo que pasa es que mamá tuvo algunos problemas y….-
Al menos, tenía a Mister Pepels para poder jugar.
EAU DE TOI
Viejo perfume conocido
“Eau de toi”
Huele a tostadas por la mañana
y a zumo,
pero a zumo exprimido en tus dedos
“Eau de tes doigts”
Y huele a cartas
y a sellos
y letras conjuntadas en palabras imposibles
tan imposibles como “numismático”
¿recuerdas?
Huele a recuerdos
y a sueños
huele a tu pelo en mi cara,
en mis sueños,
en los sueños de mis recuerdos
“Eau de rêves”
Y te sueño
y te huelo
y te inspiro
y te espiro
y te pierdo
Y un buen capitán será.

- Noto un vacío dentro de mí.
- ¿Un vacío dentro de usted?
- Sí, un vacío, como si estuviera andando por una calle vacía,
mirase los edificios vacíos y unas nubes grises, cubriendo el cielo por completo, empezasen a llorar. Yo debajo de la lluvia, mojándome, al segundo, mi ropa está seca. Camino por esa calle vacía.
- ¿Vacía?
- Sí doctor, vacía.
- mmm...
- Camino por esa calle, vacía, y me encuentro delante de una pared que, desde el suelo al infinito, se ríe de mí.
- ¿De usted?
- Sí, de mí doctor.
- mmm...
- Intento saltar por encima pero una y otra vez caigo al suelo y cada vez me siento peor.
- ¿Peor?
- Sí doctor, peor.
- mmm…
- No sé qué hacer.
- Pruebe a darse la vuelta, no recorra esa calle. Dese la vuelta y camine hacia atrás.
- ¿Hacia atrás?
- Sí, ignore la calle vacía que le crea ese vacío.
- ¿Y si no funciona?
- Ríase de ella.
- ¿De quién doctor?
- De la pared. Ríase de ella, humíllela, demuéstrele que es usted quién tiene razones suficientes para reírse de ella. Será ella la que se sienta peor y, según otros casos parecidos a este que he tratado sin problemas, la pared encogerá. Y cuando vaya del suelo a sus tobillos podrá pasar y dejar de sentirse vacío.
- ¿y si no funciona?
- Si no funciona probaremos lo último que se me ocurre. Es la solución más simple pero, de vez en cuando la solución más simple puede ser la correcta.
- Dígame doctor, en que trata.
- Bien, escuche atentamente. Coja ese vacío que siente dentro de usted, haga una bola con él y arrójelo por la ventana.
- Pe… pero y si no funciona. Si no consigo librarme de ese vacío que tengo dentro de mí, ¡Qué haré!
- Puede que el vacío que experimenta sea causa de su soledad. Quizá necesite a alguien.
- Pero no tengo a nadie.
- Adópteme a mí, llevo años manteniendo a raya ese vacío que se empeña en abalanzarse sobre mí. Yo también lo sufro, estamos juntos en esto. Planeemos algo. Un ataque sorpresa, no se enterará. Dejemos de recorrer esa calle vacía.
- ¿Vacía?
- Sí, vacía. Y derribemos ese muro que se ríe de nosotros.
- ¿De usted también?
- Sí, de mí también.
(Y levantándose el doctor)
-Acabemos con ese vacío de una vez y escapemos de este lugar, ahora, en este momento. ¡A las armas! ¡A sus puestos de combate!
-Sí mi general.
(Todos las personas que se encontraban en la sala a la vez)
-¡A sus ordenes!
(Desde el puesto de control llaman a los enfermeros que, a toda prisa, entran en la sala y, a la fuerza, sacan al paciente 283 y al 348 mientras el resto de los pacientes gritan en alto: y un buen capitán será)
-Otra vez el 283. Hay que prohibirle que hable con el resto de los pacientes.
-Sí. Realmente vive las historias que los demás pacientes le cuentan, y lo peor, los altera.
domingo 14 de junio de 2009
Café francés
Dentro de escena.Una terraza de una cafetería. Francia. Dos sillas. Una mesa de metal. Las sillas puede que de metal también. Un indefinido y carcomido por el sol anuncio publicitario de fondo. Llovizna. El toldo hace las veces de paraguas.
SANTI: Dos cafés au lait (Al camarero. Santi parece alterado, le tiembla la mano izquierda un poco. Desvía de vez en cuando la mirada, un poco. Desconecta, piensa y gesticula)
HELEN: (con un rotulador azul oscuro escribe sobre un taco de papeles. Es muda. Escribe: ¿Seguro que café? En sus ojos azules hay un interrogante irónico)
SANTI: Lo que sea, lo que sea… ¿qué más da café que té que cerveza? (suspira) Es la vida…nonono…la ciudad, es la ciudad. ¡Pasa todo tan lento! El verano se pega a la piel…
HELEN: (Escribe: ¡El calor se pega a la piel! y entorna los ojos.)
Llegan los dos cafés. El camarero cobra y desaparece de escena. Un segundo de silencio por el personaje perdido…ahora bien:
SANTI: Gracias…(Al camarero) Ahora bien (A Helen. Cambio con un brusco movimiento de cabeza) hoy mi vecino de enfrente se ha ido a declarar a la chica de la frutería de abajo. Tras escribir mil y un cartas de amor en bolsas de papel de la frutería ha bajado las escaleras a tiempo para romperle el corazón a mi amiga la que trabaja en el periódico con él. Le ha hablado, emocionado, por fin, Nuria, le ha dicho, por fin voy a decirlo. Nuria no ha podido más que romper todas las cartas de amor que le había escrito en recortes de la sección de anuncios por palabras. Y todo para que Esteban el del edificio de enfrente, amante de las mariposas, haya aparecido con un billete de lotería premiado al que iba a medias con la frutera. Han planeado un viaje de un año por Sudamérica.
HELEN: (Le mira intrigado, cómo si esperara una continuación. ¿Y? Escribe)
SANTI: Pues que mi vecino, Raoul, me ha invitado a un café en su apartamento, descorazonado…Y yo…yo no puedo sino observar todo y darme cuenta de que la vida…la vida…(mira hacia los lados, buscando algo. Hasta que posa la mirada en el café) La vida no es más que café. Café francés. (Le da un sorbo) Aguado y amargo café francés.
HELEN: (Le sonríe, con la mano libre le añade una buena ración de leche a la taza de Santi. Se sirve así misma y vuelve a sonreírse.)
Santi se queda mirando la taza de café. Los ojos muy abiertos. Fuera de escena.
martes 9 de junio de 2009
Sombrero de copa

lunes 8 de junio de 2009
Saint James Infirmary
La lluvia. La noche. Aquella calle, tan familiar pero tan extraña. Las farolas se encendían, se apagaban. La luz iba de aquí para allá, jugaba en una noche fría. Los tenderetes recogidos, las tiendas cerradas y los antiguos locales de música llenos. La música envolvía con su sonido, su ritmo, a toda la gente que, dentro de ellos, bebían, jugaban, fumaban, cantaban, tonteaban con prostitutas buscando pasárselo bien esa noche... El sonido de una trompeta, un saxofón, una voz cantando "...God bless her..." resonaron en mis oídos y aquel sonido tan hermoso de la trompeta, creo que era el de una trompeta, mi memoria empieza a fallar, se abrió paso entre la gente hasta mí, me rodeó y dio dos vueltas. Noté su caricia en mi nuca y un susurro en mi oído y como si fuera un extraño se alejo de mi no antes de tontear un poco con mi sombra; volvió por donde había llegado y desapareció entre aquella nube de humo.
Caminaba por aquella larga calle, notaba la mirada de gatos y otros animales en mí, algunos curiosos miraban por las ventanas pero, con rapidez, corrían las cortinas. La calle no era tan larga en realidad. Era un recorrido que hacía con frecuencia, pero aquella noche, aquella calle se me hacía eterna y mi vista solo alcanzaba ver un final. Mirase donde mirase, el mismo final. Saint James Infirmary.
Las manos me temblaban y mi corazón latía cada vez con más rapidez. Paso a paso recorría la calle con la entrada del hospital en mis ojos. Los latidos eran tan fuertes que me comenzaba a doler el pecho pero no era culpa del corazón, sino del puñal que llevaba clavado en el por el mismo diablo. Aquel cabrón me la había jugado. Seguramente estaría sentado con una copa en la mano celebrando su victoria con aquella sonrisa en su cara.
Mi camino al hospital continuaba. Mi sombra a su puerta y mis dedos ya alcanzaban el picaporte de la puerta. Un picaporte oxidado que al girarlo produjo un sonido chirriante que espantó varios murciélagos que se encontraban en lo más alto del hospital. Volaban de un lado a otro, despues de un giro caían en picado y después volvían a ascender y se alejaban en busca de un nuevo refugio.
Mire al cielo y los vi revolotear. Seguramente serían imaginaciones mías pero creo que aquella noche uno de aquellos murciélagos me guiñó un ojo. Seguramente conocería lo sucedido pero, ¿y el guiño?, buena suerte, tranquilo o simplemente, una imaginación mía.
Una gota de agua cayó directa en mi ojo derecho, cegándome varios segundos. Cuando volví a mirar la calle un color rojo y otro negro se habían apoderado de las fachadas de las casas. Unos colores que se iban deslizando hasta la piedra del asfalto, manchándolo todo. La música se hacía cada vez más insoportable y las risas de las personas que en estos momentos vivían felices y borrachos resonaban en mi cabeza. Las sombras recorrían la calle. ¿Realmente no sería yo una de ellas? Ahora ya lo sé.
Personas arrastrándose por el suelo de un lugar a otro, bajo la lluvia, me distrajeron un poco pero allí me encontraba, de pie bajo la lluvia agarrando el picaporte de la puerta con aquel dolor en el pecho y sin saber qué hacer.
El viento empezó a soplar y note como algo me empujaba por la espalda hacia dentro, algo con tanta fuerza que, nada más abrir la puerta, caí de cabeza contra las baldosas del suelo. Seguramente habría sido él. No le bastaba con haberme ganado aún quería más.
Me incorporé, y comencé a caminar por aquel pasillo blanco, mareado, perdido. Buscaba la habitación 132 bajo las miradas curiosas de decenas de personas que se encontraban allí. Todos me miraban fijamente y susurraban algo por lo bajo al que tenían más cerca. Sus ojos, pequeños puntos blancos suspendidos en el aire girando alrededor mío mareando mis sentidos.
Me apoyé en la pared, y continué caminando hacia el final del pasillo.
Cada vez el dolor del pecho aumentaba y se hacía más insoportable.
Casi.
Unos pocos pasos más y estaría frente a ella, unos pocos pasos más y todo aquel camino recorrido habría servido de algo. Lo tenía que ver, sus ojos debían de creer, el debía de creer, no podía haber ganado, no podía, no debía, aquella noche no.
Empujé la puerta y entré. Mis pies se pararon en seco. Quería acercarme, debía acercarme pero mis pies decían, no.
Allí estaba, tumbada en una larga y blanca cama. Con su piel pálida, tan hermosa como siempre y aquel cabello rubio... Sus parpados cerrados, y aquella falta de vida en la habitación fue lo último que note aquella noche. Una lágrima calló por mi mejilla y noté una caricia en mi nuca, un susurro en mi oído, siempre suyos.
Mi pie izquierdo falló y caí contra el suelo de nuevo pero aquella vez, el golpe que me llevé en la cabeza fue tan fuerte que mi vista se nubló y la habitación empezó a dar vueltas sobre mí y en mi pecho se oyó un "crack".
Y allí me encontraba, tumbado en el suelo, con un puñal, definitivamente, clavado en el pecho, junto al cuerpo de aquella muchacha tumbada en la cama y el diablo sentado en la silla de madera colocada en la esquina, con aquella sonrisa dibujada en su cara y con aquel cigarrillo en su mano derecha.
Realmente aquella noche algo agarró mi tobillo haciéndome caer contra el suelo. El sonido de aquella trompeta inmortalizada en mi cabeza y aquella caricia en mi nuca, aquel susurro en mi oído que me repetía una y otra vez " God bless her".
Aquella noche fui asesinado a las cuatro de la madrugada en un callejón en la ciudad de Nueva Orleans con mis pesadillas rondando por mi cabeza bajo la risa de la luna y la mirada de las estrellas.
I went down to St. James Infirmary,
Saw my baby there,
Set down on a long white table,
So sweet, so cold, so fair.
Let her go, let her go, God bless her,
Wherever she may be,
She can look this wide world over,
She'll never find a sweet man like me.
when I die, bury me in my straight-leg britches,
Put on a box-back coat and a stetson hat,
Put a twenty-dollar gold piece on my watch chain,
So you can let all the boys know I died standing pat.
sábado 6 de junio de 2009
En la calle Pintoresca
En los días de fiesta, entre el sábado y el lunes, lee las noticias en su ventana.
En la flor de la vida, entre la niñez y la edad adulta vive Mariam, en una casa distinta cada día.
En los sueños de Mariam,en ésos que no puede cumplir, entre la realidad y la ficción hay un hombre que reaparece sin cesar.
En la mano derecha del hombre, sujeta con fuerza, entre los dedos pulgar e índice hay una llave.
En la calle de la casita de papel de periódico, entre la ventana y una farola, Mariam sueña con una casa de revistas de recetas de repostería.
En la ventana, perdido entre la duda y la cobardía, Juan observa a Mariam y piensa en tartas de chocolate.
El algún lugar del mundo, entre el número 38 y la llave de un sueño, dos seres sonríen y se saludan tras una ventana de papel de periódico y recetas de repostería.
domingo 31 de mayo de 2009
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jueves 28 de mayo de 2009
Siempre hay una papelera más
lunes 25 de mayo de 2009
DESDE MI CAMA
Hoy todavía consigo llegar al mar desde mi cama, desnuda, siempre desnuda
viernes 22 de mayo de 2009
Cuentan cuentos
Y si barcos varados cuentan cuentos de tesoros escondidos, ballenas varadas cuentan historias de persecuciones eternas con el capitán Acab. Si botellas en el suelo hablan de peleas de bar que ni el muerto recordará, botellas en el mar muestran, transparentes, caligrafías nerviosas, letras alargadas que intentan acercarse al cielo, pidiendo socorro.
O eso piensa K., genio de las tinieblas, se asoma a la vida de demasiadas personas, y, como si de una ventana se tratase, mete en ellas hasta el cuello y se retira. Porque piensa que la imagen de una sonrisa de mujer guarda un amor de primavera, y sueña que el querer captar la perfección de una flor alberga un alma recluida y está convencido de que las fotos de grupo, son la imagen perfecta. Porque juntan historias, muchas muchas historias que él se guarda en el bolsillo de la camisa para luego poder saborearlas, pensar en ellas, cuando no tiene nada que hacer.
A la hora de la comida, entre la una y las tres, se sienta y mira a la luz roja, recostado sobre la pared de hormigón y piensa en esa imagen de arco del triunfo, algo movida que parece seguir con la mirada la caída de una hoja de otoño en Les Champs Elysses. Se sonríe. Hasta que llegan las cuatro y entra un nuevo paquete por la ranura de la puerta. Un nuevo lote de historias. Desenrolla el carrete y aborda la imagen de un atunero noruego.
-Reveladas para mañana-al otro lado de la puerta
Y si los barcos varados cuentan cuentos de tesoros escondidos, atuneros noruegos cuentan…
viernes 15 de mayo de 2009
DESATORNILLANDO
sábado 9 de mayo de 2009
-Globales y delirios.-
“De esta no me libro” piensas.
Ni la fecha has escrito. ¿Te da miedo que se pueda localizar tu fracaso en un tramo temporal? Miras con la cara compungida en derredor. Todos con la cara pegada al pupitre y otros se estiran disimuladamente para buscar ayudas en una palma de la mano, o un papelín en el redoble de una manga o de una falda.
Deseas que te trague la tierra. No sabes por donde cogerlo y tan solo se te repite el deseo de que alguien entre por la puerta y te pegue el tiro de gracia. Sudores fríos recorriendo tu espalda y escalofríos por todo el cuerpo… Ha llegado tu hora…
Todo oscuro. Efectivamente estas empapado de sudor y babas, pero tan solo era una pesadilla. Pasas las manos por tus moradas ojeras y te quitas de encima una ingente cantidad de legañas. “Jodido susto” piensas. “Jodidos globales” rectificas. Al pasó que vas, ya tres noches con las mismas pesadillas, sin dormir, y todavía no has hecho el primer examen, no llegarás al Domingo sin que te de algún delirio o un desmayo.
Te levantas y te diriges a base de palpaciones y traspiés hacia la cocina. Le das al interruptor y entras antes de que llegue a encenderse. Las luces parpadean durante unos segundos con un zumbido constante y penetrante hasta que finalmente se ponen de acuerdo en encenderse del todo. Para entonces, tú ya has alcanzado un vaso y la botella de Coca- Cola. ¡Eso coño! Más nervios al sistema. Como si no estuvieras ya suficientemente nervioso.
Al abrir la nevera para dejar la botella, descubres en la estantería de arriba junto a la ensalada de pimientos el peluche de un gatito en posición fetal como durmiendo. Te quedas mirándolo un tendido rato, quizá unos segundos, o quizá un cuarto de hora… Eso es lo bueno de la noche, que el tiempo es como si se detuviese.
No te preguntas ni que hace ahí, simplemente sueltas un bufido de envidia por la suerte que tienen algunos de poder dormir jodidamente bien aunque sea al lado de unas hortalizas y a una temperatura de 6º grados.
Sales de la cocina y vas al baño…¡Las luces, alma de cántaro, que estamos en crisis y no podemos despilfarrar de esta forma!… ¡Bien! Así está mejor, ya podemos seguir. ¿Por dónde…
¡Ah sí! Estas sentado en el inodoro mirando al espejo. Mirando tu reflejo. Mirando tu reflejo en el reflejo de tus ojos que se ve reflejado en le espejo. Eres ridículo. Estas tan dormido que te has sentado con la tapa bajada y los pantalones puestos. ¡ESPABILA! Tendremos que acabar esto en alguna ocasión ¿No? No quiero estar aquí relatando hasta el amanecer.
Alargas la mano a por papel higiénico y para tu suerte no queda. Rebuscas en los cajones y Dios sabe porque abres la ducha… Allí para sorpresa mía y regocijo tuyo, hay un paraguas negro abierto en cuya punta hay un rollo de papel sin estrenar. ¡Manda narices! Ya decía yo que dormir tan poco te pasaría factura… el gato en la nevera, embobarte con el reflejo, y ahora esto. Un paraguas en una ducha con un rollo de papel…
Tira a la cama, que falta te hace y cuidado con la puerta del pasillo, que esta entreabierta y te la puedes comer, como hace unos meses que por el golpe, caíste al suelo y empezaste a sangrar de la nariz.
Eso es, métete en la cama con cuidado. Descansa pispajo, que mañana será un nuevo día para poder estudiar donde no recordarás seguramente nada de esta noche. Tan solo dices unas palabras antes de volver a inmiscuirte en tus pensamientos y adentrarte en cuerpo y alma a tu subconsciente: “Buenas noches y buena suerte”
sábado 2 de mayo de 2009
EN PAPEL DE PERIÓDICO

Envuelto en papel de periódico, como tus zapatos, aquellos en los que quedaron impresas las necrológicas del lunes. ¡Qué mal gusto! ¡Las del lunes precisamente! Me lo llevo envuelto en papel de periódico porque he pensado que será mejor así, que si llueve podré retener en él todo eso que cuentan sobre la gripe porcina y algo más… Creo que podré retener en él lo que no se ha quedado en mi cabeza. Mejor lo envuelvo en papel de periódico, no lo vaya a perder, no se me vaya a oxidar en papel albal. ¿Que no tienes el periódico de hoy? Tranquila, ahora mismo lo compramos, sí, ahí mismo, en ese quiosco, en el que está envuelto a la vuelta de la esquina.No te importa ¿verdad? Es sólo un segundo, tú me lo das, yo lo envuelvo y dejamos que la lluvia haga el resto. Ya casi estamos, bien, tómalo, yo me encargo.
Lunes 4 de Mayo de 2009
Primer caso de gripe porcina en París. El infectado, un joven de 21 años, fue contagiado por una chica que dejó sus labios rojos dibujados en el periódico que ambos habían comprado el lunes de la semana pasada.
domingo 26 de abril de 2009
El desierto

No el de un desierto de dunas, sino de uno de tierra sedienta que reclama a gritos agua, el de la tierra castigada y convertida en mosaico. Un puzzle. Y, bajo los pies, la arena acompaña al arco de Hanibal que entre Dong y Dong acaricia la tierra. Sobre su piel continúan las grietas de la tierra convirtiéndolo en parte del mosaico. Sobre su piel de ébano, una caricia sonaría como los pies sobre la arena, Schh.
-Hola-le dices, por romper el silencio.
-Hola-Dong.
Te sientas frente a él y observas al hombre de arena que, desnudo sobre el desierto, hace sonar un arco. ¿Por qué sabes que se llama Hanibal? Lo más seguro es que se llame Hasif o Aanumar, parece que todos los comerciantes de la zona se llaman así. Pero él no es un comerciante y esto no es un oasis.
-¿Qué hago aquí?-piensas en voz alta. Las sombras estáticas delatan la falta de nubes. Parecen un cuadro cubista. Una caja con su sombra idealmente cúbica es tu asiento y el horizonte se ve, limpiamente horizontal, por detrás de la cabeza de Hanibal que lejos de parecer desesperado por la soledad, mira risueño al arco tallado. Dong.
-Escuchas.
-¿Escucho?
-Escuchas la historia de un hombre que enamorado por la soledad, puso rumbo a lo más profundo del desierto para no ser de nadie, luchar por nadie ni ver morir a nadie más. Fue tan cobarde cómo para huir pero no tan valiente como para poner fin a su huida. Anduvo y anduvo y descubrió en sí mismo su mayor enemigo y amigo. Descubrió que el hombre en sí no es nada más que el legado que le deja al resto de seres humanos. Porque, si nadie te recuerda, eres desierto. Un chacal más, una culebra de los caminos que cumple su compromiso con el desierto y muere aplastada bajo el pie del caminante. Poco a poco se olvidó del hambre y de la sed, se olvidó del sueño y las quemaduras del sol. Llegó al corazón del desierto y, allí, en la paz absoluta y la conciencia absoluta de sí mismo, decidió que prefería no existir a volver al horror. Sería por siempre desierto, el hombre de arena. Y la brisa expandiría su cuerpo por el mundo y sería eso, todo y nada. Se descolgó el arco y empezó a tocar.-Dong
-Nadie puede ser olvidado.
-Nosotros somos desierto. Todos. Mi hermano, mi madre. Mi tierra es desierto porque es teñida de sangre, pero nadie la recuerda. Y lo que no recuerdas no existe.
Dong
La brisa se levantó y levantó arenisca del suelo. Dong.
La brisa se volvió viento y el hombre de arena, empezó a ver cómo se deshacían sus manos, sus pies, su rostro.
La brisa, en un último soplo, trajo unas últimas palabras.
-El nombre de aquel hombre, era Hanibal.
Las bombas te despiertan. Es de noche sobre el oasis de Moxan. Hay que moverse. Las luces del fuego en el horizonte se elevan hacia el cielo. Un grito inútil. Mientras la caravana huye de la guerra y la muerte, occidente tiene el televisor demasiado alto como para oír el grito del desierto que desaparece, olvidado. Se lo lleva el viento.
martes 21 de abril de 2009
SOLO PAPEL Y SIN ACENTO

Una denuncia más que merecida y con argumentos sólidos a la Biblioteca de mi “barrio” para rellenar hueco en este blog últimamente en ayunas (¿con tilde? Sí, va por ustedes o por usted si lo lee)
Vamos a ver, gentecilla de poca monta ¿qué es eso de SOLO PAPEL y sin acento en las cajas azules que desperdigan por doquier allí donde la gente va a “estudiar” y distraerse? ¿Cómo que SOLO PAPEL? ¡Por favor, Don bibliotecario o encargado de la organización del amasijo de libros! ¡He visto una carta en su SOLO PAPEL! Había también una nota en la que, cito textualmente, ponía “si has llegado a esta página y quieres un café te espero a la derecha de la máquina que vomita un sospechoso líquido marronzusco junto a la puerta de entrada” ¿SOLO PAPEL? ¿Y que me dice, Don bibliotecario, de los preciosísimos esquemas de taxonomía que adornaban la caja bajo la nota del café? ¡una auténtica obra de arte muy señor mío!
Si realmente quieren que esos cofres del tesoro se llenen de SÓLO PAPEL y con acento, creo que podrían empezar por amontonar en ellos esa cantidad de libros de autores que se creen alguien porque ellos saben y nosotros no que en el año X Doña T y Don H decidieron firmar un tratado P del que nada se ha sabido hasta ahora y por ello hablan con una sospechosa voz autoritaria que como mucho intimidaría a una hormiga con complejo de inferioridad porque en lo que a mi respecta Doña T y Don H podrían irse a procrear tratados P a la Conchinchina.
No es SOLO PAPEL mi querido bibliotecario.
P.D: Leí su último libro con mucha atención, ahora descansa en una caja azúl y con acento
miércoles 8 de abril de 2009
El crujir de una manzana

Ésta podría ser la descripción del sonido más agradable jamás escuchado o simplemente el breve resumen de lo que se experimenta al dar el primer bocado a una manzana. Pues bien, es innegable que cuando uno se dispone con suavidad y cierto arte intrínseco a aproximar los labios a la piel de la manzana sabe que en unas milésimas de segundo sus dientes harán crujir la misma para darle ese bocado único e irrepetible de todas las primeras veces. Como toda primera vez, uno no puede dejar de sentir esa emoción, ese cosquilleo en el estómago que le provoca el dulce olor (o ácido según el tipo de manzana ante la que nos encontremos) de la piel pura y virgen a la que le será arrebatada su primera porción. Es entonces cuando nuestros dientes como cuchillas arrancan apasionadamente la perfección de cuajo para hacerla sonido. Música deleite de todos los sentidos. Los ojos se cierran impulsados por la locura que provoca la exquisita fuente que emana la fruta, las manos se aprietan fuerte contra su piel agarrándola con fuerza, no se vaya a escapar, la lengua saborea la dulzura del instante que a punto está de pasar a la historia y los oídos… ¡oh! Los oídos tratan de guardar en el apartado de la memoria reservado al primer bocado de las manzanas ese glorioso sonido indescriptible, ese comienzo de melodía tan placentero, ese bocado robado al silencio, ese primer mordisco al placer.
viernes 3 de abril de 2009
...Flip flup flap
El sistema es sencillo, arcaico. Antiguo. La mariposa será conservada, por siempre hermosa, por siempre nuestra, si la atravesamos con una aguja y la dejamos así, prisionera de una aguja y una base.
¿Qué son las palabras sino agujas? ¿Qué es el papel sino la base primordial? ¿Qué es la pasión, el motor de la vida? Pues una mariposa. Mariposa: Criatura misteriosa que nos crea un cosquilleo extraño en la boca del estómago. Es un ser bamboleante boluptulante blamplublampte. Humo de incienso. O de cigarro, o de explosión. Volcánico. Flap, flup, flap.
Y conseguiré atraparte de una vez, sobre el papel, y la inspiración agonizará para mí por siempre atrapada por una aguja de coser.
Pero las palabras son agudas. Hay que tener cuidado cómo usarlas. Porque puede que, si no tengo cuidado, si termino envolviéndome yo mismo de su magia, se me claven en las yemas de los dedos y entre gotas brillantes de sangre roja mi alma agonice sobre el papel y acabe yo momificado sobre la blancura del papel, agonizando eternamente, siervo de la inspiración, de la pasión y de la vida misma.
sábado 28 de marzo de 2009
Un mordisquito

Un mordisquito nada más. Eso era, un mordisquito. Mordisquito que se convirtió en gula y ansiedad, en necesidad y desesperación. Uno nada más y Marga comenzó a caer, dulcemente, pero siempre hacia allí abajo, hacia aquello que no conocía y no parecía darle miedo en absoluto. Un bocadito de nada a un pedacito de nube blanca y el mundo dio más de mil vueltas de pronto. ¡Maldito sabor a nada llena de todo! Era dulce caer, la sensación de no llegar jamás al final, la despreocupación total y absoluta. No pensar. No pensó. Pensó en no pensar y lo hizo: un mordisquito tan rico que volvió a pensar: otro y a no pensar de nuevo, y otro más. Cada vez más abajo subía muy alto. Cuanto más caía más sentía que pronto llegaría aquello en lo que no quería pensar, en lo que no podía pensar, en lo que ya no sabía que había decidido dejar de pensar. Pensar… en otro bocadito, otra dosis de cielo envenedada y encantada. Sabrosa y tentadora adicción incotrolable, eso eran sus nubes desde la primera vez que de niña jugó como todo el mundo a proyectar su mundo en ellas. Por eso quería volar y acariciarlas, alcanzar su mundo de allá arriba y para eso lo único que tenía que hacer era dar tiernos bocados deliciosamente insípidos y dejarse seducir por el cosquilleo que la caída a lo alto de su mundo le producía cada vez que sentía el contacto de ese bocado en su piel.
- ¡Rápido! ¡Se nos va! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Reacciona joder! ¡Vamos!
Sublime el mordisquito. Eterno el mordisquito. Delicioso. Insípido y frío entre las nubes allá abajo por fin, en lo más alto.
jueves 5 de marzo de 2009
A chocolate
Olía a chocolate sin quererlo, casi con la inocencia de un olor que no es más que el reflejo de todo, que parecía querer decir que él ni siquiera pretendía serlo. Pero olía. Y fue un chispazo de lucidez, un rayo atravesando su mente en blanco, puesta desde las ocho de la mañana en automático.
Chocolate, como una tarde de invierno, como un día oscuro, como un día en la estación. Chocolate, el azúcar por las nubes, las nubes bajo los pies. La tierra tan lejos…
Si no hubiera olido a chocolate no hubiera recordado. Se hubiera quedado en otro momento anecdótico, en un segundo sin importancia.
Afuera hacía frío, un susurro, vaho en las ventanas, aquel susurro, sus labios eran rojos y gritaban a susurros: tango. “Tango” Tango…fruto del recuerdo la palabra cuelga en el olor a chocolate. Y la música. Y tormentas. Un Dos Tres, Tango.
Pero, odioso pero, olía a chocolate, y a palabras escondidas, y a razones sin importancia y a silencio. El silencio. Le rompía los tímpanos el silencio. Silencio, silencio, y por su oreja caía una gota de sangre, se deslizaba por el cuello y se perdía. En silencio. ¿Y el tango? Un Dos…
El tango se perdió junto con el olor a chocolate, por la ventana. Hacia fuera.Blanca se sentó en la silla de la cocina. Cuando entró en la cocina olía a chocolate y ahora por el recuerdo le sangraban otra vez los oídos de silencio.
miércoles 25 de febrero de 2009
Juré que nunca poesía
pero la hierba sigue siendo verde
el cielo, cielo
el río, agua
Juré que nunca poesía
pero los cuervos taparon
con una roca la luna
¿luna sin luz? Niebla
Juré que nunca poesía
pero, si no soy poesía
si no soy tinta, sangre,
cielos, cólera ¿qué soy?
Nada.
martes 24 de febrero de 2009
Agujeros de gusano
“Los agujeros de gusano que atraviesan ustedes de un lado a otro de la ciudad, me desconciertan.¿Recuerdan ustedes al viejo Dan? Pobre viejo Dan no era la típica persona que ustedes podrían recordar. ¡Ni yo! Pero ahora, al subirme aquí arriba y al observar de la ciudad las arterias, tubos, nervios y socavones, agujeros de gusano infecto que son ustedes, he recordado un frase, un detalle, un destello de genialidad que tuvo aquel pobre diablo, pobre viejo Dan, antes de desaparecer entre las grises carnes del monstruo, la metrópoli, Caín y Calibán.
Antes de que ustedes nacieran Dan sería seguramente un florero, enterrador o librero, ya viejo desde que montase el negocio, y apunto estoy casi de afirmar que viejo desde que aprendió a andar. Por tanto es de esperar que como la vida sigue y nunca vuelve hacia atrás, para cuando Dan llegó a este agujero infecto, pobre gris y enjunto, estuviera muerto ya.
Más de mil veces traté en vano de verle una muestra, un rastro de lo que pudiera ser una embalsamación, pero pobre viejo Dan solo callaba y callaba y miraba con esperanza a las puertas de esos vehículos, trastos, máquinas que queréis llamar “metro” y no son sino gusanos dentro del cadáver de la bohemia, la vida y, perdónenme si bebo un trago a favor, lo que un día fue esta ciudad, la gloria.
No crean que porque me tambalee me voy a callar, aun recuerdo los ojos del pobre diablo, pobre viejo Dan. Eran sus ojos cual platos llenos de plata y no me di cuenta casi hasta el final que cuando bajaban los pasajeros parecían ser tragados en las aguas plateadas de estos cuencos. Se sumergían en baño de plata y, de noche, cuando con los ojos abiertos dormía en ellos parecían aflorar las vidas, las almas que el viejo Dan, seguro que como venganza, tragaba de día y recordaba de noche.
Este pobre diablo, Dan, un día, me habló, de noche, bajito y yo me acerqué asombrado por este milagro. No le oía. Me acerqué un poco más y conseguí distinguir, entre susurros que siguiera yo por él su labor, que rescatase de las puertas del metro las vidas que se funden en el gris de las calles, empresas, allí arriba y quizás así encontrase…nada. Calló. Pareció dormir y al día siguiente había desaparecido.
Desde entonces trato de recordar, casi sin acordarme ya del viejo Dan, las caras de ustedes, autómatas, los destellos de vida que en vuestros ojos parezco ver, en busca de lo que el viejo Dan buscaba, sin saber que es y planteándome si algún día lo supo él.”
El mendigo se bajó de la caja que Joe había dejado olvidada en la estación, suspiró, y esperó la llegada del siguiente metro, 3:15.
miércoles 11 de febrero de 2009
Las ostras y la economía según mi abuela
Sube la gráfica y baja la gráfica. ¡Vaya! ¡Otra cuesta más! Vuelve a subir y a bajar… debe de ser la crisis. Sí, sí, ésa que tan mal carácter gasta. Sí hombre sí la de los colmillos de serpiente, colmillos de diamante, pero colmillos al fin y al cabo. ¡Venga! ¡Otra vez! Vuelve a subir y ¡chof! A estrellarse, como un huevo frito en la sartén. Pero si ya lo decía mi abuela, algo así no puede acabar bien… no ¡no!
¿Y qué más da? ¡Mozart! ¡Mozart! ¡Otra copa para mis compañeros y otra para mí! ¡Subamos! ¡Subamos todos juntos! Ya llegarán las caídas de bolsa y de bolsillo, mientras tanto… ¿dónde íbamos? ¡Ah sí! Mi abuela. Mi abuela los odiaba, mi abuela nos odiaba. No se puede vivir así, decía. Ella no diferenciaba entre poder y deber y yo no diferencio entre deber y querer. Terrible problema el nuestro. ¡Ostras para todos Vivaldi! Sí, perdón, Mozart, ¡ostras para todos en tu primavera!
Mi abuela diría: no se debe comer ostras en crisis. Pero mi abuela no entendía de crisis. No de éstas al menos, de éstas que se curan comiendo ostras. ¡Pobre mujer! Toda su vida viviendo en la mitad de la gráfica. ¡Cómo nos odiaba! ¡Locos! ¡Viciosos! ¡Monstruos sedientos de lujuria! La bolsa subía con cada una de sus palabras y claro mi bolsillo volvía a bajar. ¡Egoístas! ¡Insensatos! Dos puntos, tres puntos, gráficas arriba y abajo. ¡Ah! Si mi abuela pudiese asomarse por alguno de los picos de mis gráficas ¡mangarranes! ¡desgraciados! Eso nos diría. ¡Pobre mujer!
Mientras tanto comeremos ostras, que ya vendrán tiempos mejores y quizás, con un poco de suerte, un día, en lo alto de la gráfica, una servidora escriba algo que realmente merezca la pena leer.
¡Mozart! ¡Una de ostras!
martes 10 de febrero de 2009
Notremartre
jueves 5 de febrero de 2009
domingo 1 de febrero de 2009
IT'S RAINING RAIN
- Euria
- Ziur al zaude?
- Bai, zure atzamarra da euri tanten artean, besterik ez.
- Besterik ez?
- It’s raining rain, that’s all.
Zaparrada Gasteizen 2009ko otsailaren 1ean. That’s all.
sábado 31 de enero de 2009
-El Padre Vitoriano.-
El padre Vitoriano se inclina sobre si mismo para coger impulso y se levanta costosamente. A medida que se acerca ha hacer la lectura, la gente se levanta de los bancos para recibirlo como cada primer Domingo de cada mes.
-Hoy leeré un capítulo acerca de la muerte según San….-
Todos le escuchamos con respeto y silencio y aunque intento no perder ni una de sus palabras siempre me acabo despistando y dejando que mi mente fluya sobre las todo lo que él dice.
Miro de vez en cuando hacía atrás y veo a mi abuela con las manos entrelazándose en el bastón y la cabeza gacha moviéndola mientras dice algo que ni siquiera ella puede oír.
Las grandes cristaleras representan pasajes famosos de La Biblia. Los dibujos no me gustan porque me parecen carentes de sentimientos pero, me llama la atención el juego de colores que se traspasan a través de ellos.
Uno de los monitores se inclina hacia mí y me dice que este atento a lo que dice el Padre Vitoriano, que sino, luego no me dejará comer nada de chucherias en la merendola que hay después de misa.
Hoy temeroso de que cumpla lo dicho, giró la cabeza he intento atender a lo que dice el Padre Vitoriano.
Tendrá más de 60 años y los papos le cuelgan, no demasiado, a causa de la edad. Su pelo negro no tiene más que algunas canas por encima de las orejas. Y por supuesto, siempre lleva sus grandes gafas color sepia y mueve las manos a medida que empieza con el sermón acerca de lo que ha leído.
Empieza reflexionando acerca de la Muerte y como debemos predicar con el ejemplo.
Para la siguiente reflexión, mi mente ya está en otra parte. Pienso en que nada más acabar, correré escaleras abajo para poder coger un puñado de gusanitos y un vaso de bebida y que luego jugaré a ser Piratas o a quién sabe que otras cosas con el resto de niños.
Poco a poco, voy dejando de planear lo que haré cuando acabe, y empiezo a pensar acerca de La Muerte y acerca de todo lo que habla el Padre Vitoriano. Es tan difícil seguirle el hilo sin despistarse que desde hace unos años me entretengo dándole vueltas a las cosas y aprovechando esos momentos para pensar y reflexionar como el Padre Vitoriano acerca muchas cosas.
Muchas cosas… De vez en cuando, me pregunto si todo el mundo hará como el Padre Bitoriano y yo intento hacer, y se preguntan casi a diario y en mi caso, cada vez con más frecuencia, acerca de La Vida, La Muerte y todo lo existente en general. Me respondo a mi mismo que no, porque si toda la gente hiciese como él he intentasen pensar y predicar con el ejemplo, no ocurrirían muchas cosas malas que pasan.
Al finalizar la misa y el Padre Vitoriano dice:
-Podéis ir en Paz.-
Todos los niños corremos ruidosamente escaleras abajo hacia donde han puesto la comida.
Al rato, veo al Padre Vitoriano sentado en una silla esta vez con la ropa de calle: Todo de negro menos el alzacuellos blanco. El también me ve y me llama con una sonrisa en la boca.
Yo voy al trote.
-David, ¿Te importaría acercarme un vaso de vino y un pedazo de queso?-
Yo cual perro fiel corro a por lo que me ha pedido y se lo traigo.
-Muchas gracias hijo. Que Dios te bendiga.-
Yo me quedo callado y me miro a los pies. Es tal el respeto que le tengo que me pongo nervioso y él lo sabe y sonrie.
Coge el vaso de vino y le da un largo trago. Me quedo absorto viendo como se le mueve la nuez mientras bebe y él deja el vaso sobre la mesa y me dice riendo:
-Tú no bebas eh?-
-No, Padre Vitoriano.-
-¿Has estado atento a lo que he dicho hoy?- Yo respondo efusivamente con la cabeza que sí.- Bien. Lo importante es que lo pongas en práctica y que prediques con el ejemplo.- Yo le escucho absorbiendo cada una de sus palabras. No se si porque me interesan o por el respeto que le tengo.- Tú tienes mucha imaginación y ya he visto que en muchas ocasiones, te despistas y te tienen que llamar la atención.-
-Lo siento.-
-No hijo. Jamás reprimas tu imaginación. Compártela. Expándela hasta que ocupe todos los recovecos de tu cuerpo. Siempre ten esa imaginación de niño cuando seas mayor. ¿Sabes lo que decía Jesús acerca de los niños?- Yo muevo negativamente la cabeza aunque lo se perfectamente, pero quiero escucharle.- Dice: “Dejad que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos” Recuerda esto hijo: Nunca dejes que nadie te separe del niño que eres ahora. Sigue con esa ilusión por la vida, que nos demuestras con tus historias, y jamás te rindas por pensar que eres diferente por no seguir a los demás como ovejas. Tú eres un pescador de hombres, no un pez más. Venga, ya te he aburrido bastante, vente a jugar con Marcos y con Marta.-
-Adiós.-
-Adiós, David. Y recuerda lo que te he dicho….-
Por suerte, siempre he tenido en cuenta lo que me decía el Padre Vitoriano y me gusta pensar que él me enseño a sentir, a pensar en cierta medida, predicando con el ejemplo que nos daba en cada una de sus reflexiones. Siempre le tuve mucho respeto y para mí siempre será una persona admirable aunque tan solo tenga un vago recuerdo de él. El día 30 de Enero del 2009 a la 1 del mediodía, el Padre Bitoriano moría por una enfermedad intestinal. No sabía nada de él desde hacía más de 4 años y ahora, me arrepiento de no haber intentado saber que había sido de él. Esta pequeña historia la escribo por y para él. Ya que, si no hubiese sido por sus interminables sermones, yo nunca me habría despistado lo suficiente como para darle tantas vueltas a las cosas y seguramente no sería el que soy hoy. Tan solo eso. Quería que se supiese algo sobre otro héroe infantil que cae y agradecerle todo lo que me enseño aunque él nunca lo haya sabido.
lunes 26 de enero de 2009
SIGUE BUSCANDO
Pero ¿qué podía saber aquel vulgar tarro de un postre inmundo sobre su vida? No podía dejar de leer aquel par de palabras, se le habían quedado pegadas en el paladar junto a la acidez del biobífidus que había ingerido.
Pensó que ante tal burla lo mejor sería huir tal y como había hecho siempre.
Salió a la calle y tomó el primer tranvía que paró en la parada junto a su casa. Se sentó y al instante decidió que prefería permanecer de pie. “Sigue buscando” escuchó. Aquello era demasiado, que un par de niños que rascaban un boleto de una chocolatina conocieran sus inquietudes más íntimas era superior a él. Vale que una tapa de yogourt conozca tus pensamientos más profundos, pero ¡aquello no eran más que dos críos!
Se bajó en la siguiente parada. Huyó desesperadamente.
Avanzaba desorientado, con paso distraído sin saber dónde ir, pero sabiendo que debía huir, porque era lo que siempre había hecho, porque era lo que siempre había funcionado. Cruzó varios pasos de cebra y varias carreteras sin señalizar, pasó frente a dos farmacias, una frutería y tres cafeterías, siempre mirando distraído las cortinas de las casas y la luz que se colaba entre ellas, la luz que como él huía de las casas acogedoras. De pronto, una forma humana de cabellos rizados, corta estatura y cuerpo perfectamente formado apareció frente a él y con una voz con sabor a yogourt azucarado formuló las palabras que tanto tiempo había deseado escuchar en boca de alguien “¿Buscas algo?”
jueves 22 de enero de 2009
Arkubeleko plazan

Si lo hiciese me subiría a ella, miraría al cielo y contaría la historia aquella, ya sabes tú cual, aquella que Maf siempre me prohibió contar, la que descubría la verdadera rebelión de Prometeo. Prometeo no robó el fuego a los dioses, sino las palabras, el verdadero poder, verdadero ingenio, palabras como amor u orgullo. Palabras como anaia o zuhaitza. Y ellos, como castigo, nos maldijeron con otras como patria o ira, beldurra. O guerra. Transformaron palabras hermosas como lurra en palabras corruptas, asesinas como tierra.
Si la contase…si la contase o contara los niños verían por un segundo, como un destello, las verdaderas cadenas, las verdaderas alas, el poder que mueve el mundo con más fuerza que la pólvora. Verían como las palabras nos esclavizan y nos hacen libres y el más libre de todos es el que sabe quedarse con las que considera suyas, saborearlas, paladearlas y saber soltarlas al viento, que se multipliquen, vivan y, finalmente, mueran.
Por esa historia Tuk se sentó bajo el árbol y no dejó de susurrar durante las horas que quedaban de sol, liberaba las palabras del libro que encontró bajo el banco del ayuntamiento, las expulsaba, desterraba de su mente.
Maf nos dijo que lo fuéramos, que fuéramos libres digo, y luego se fue, junto al dueño de la silla, el último cuentacuentos de Arkubele, por ser libre ella también. Porque en Arkubele no podemos liberar palabras. No desde que el cuentacuentos llevó la silla a la plaza y lo dijo, liberó de verdad la historia, y su final:
Ala bazan ez bazan, sar dadila kalabazan eta atera dadila Arkubeleko plazan.
Y la historia brotó en mitad de la plaza, de pronto, en forma de curcubita inarrancable y sigue allí, solo necesita crecer más. Solo necesita que alguien vuelva y la cuente y libere de palabras Arkubele.
Si cogiese, y digo si cogiese, tan solo condicionalmente cogiese, todo sería distinto. Y todo cambiaría. O cambiase.
jueves 15 de enero de 2009
Lo que fue de la caja que Joe dejó olvidada en el banco rojo de la estación.
Ella era una caja de cartón, pequeña, treinta centímetros cúbicos de acartonado misterio. Alexey guardaba dentro de su cuerpo ojeroso y descuidado cartas, retratos y algún que otro calendario.
Supongo que fue el destino también el que empujó a Alexey a tomar la caja y a subirse al tres de las tres quince.
La colocó sobre el escritorio de su apartamento y la miró.
Ahora bien, es curioso como el hombre puede deshacerse de su propia alma. Puede dejarla abandonada en un beso callejero o puede volcarla en un proyecto inútil como un avión de papel de tamaño natural- con el que volar hasta el Kilimanjaro, dirá- Alexey…Alexey sin embargo podía decidir dónde dejarla y qué hacer con ella, consigo mismo, con su persona. Tras años de trabajo monótono había explorado su mente en innumerables expediciones y, en una de ellas, se encontró a sí mismo, acurrucado, huyendo del mundo. Una vez localizado, el alma es fácil de mover, volcar, regalar o transformar.
Miró de nuevo la caja, tomó un papel amarillento del escritorio, probablemente un jubilado posavasos con restos de café y escribió:
Y Enero entrará por tu ventana, no la cierres. Es



